“Un erizo quería estar cerca de sus amigos, que le comprendieran y se preocuparan por él. Pero cuanto más cerca estaba de los demás, más se lastimaba y más daño les hacía”. 

Esta pequeña historia recuerda a la parábola del grupo de erizos que en un día muy helado sentían simultáneamente gran necesidad de calor y, cuanto más se acercaban buscando la proximidad corporal de los otros, más dolor se infligían a causa de sus púas. Sin embargo, debido a que el alejarse va acompañado de la sensación de frío, se veían obligados a ir cambiando la distancia hasta que encontraban la separación más soportable. Este dilema muestra como las personas herimos a los demás y nos lastimamos a nosotros mismos como consecuencia de nuestra imperfección e incomprensión, de defectos naturales en el ser humano como las púas lo son al cuerpo del erizo.

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Desde que nacemos, el subconsciente sabe que no podremos satisfacer nuestras necesidades humanas sin interaccionar con los demás. Sin embargo, el desarrollo de un carácter ligado a una escala de valores que rige nuestra vida nos permite darnos cuenta de un constante herirnos a causa de ello y nuestro subconsciente abogará por mantener las distancias en este desarrollo relacional; algo difícil cuando se es social por naturaleza. Cuando somos heridos por lo ajeno el camino más rápido es el aislamiento, ese caso omiso cuya puesta en práctica requiere pararse a analizar si hemos elegido la negación como refugio más seguro o llegamos a alcanzar una auténtica y arraigada convicción del estado mental que estamos adoptando. Peligroso es cuando esto último se da inmediatamente después de que lo primero suceda porque estaremos abriendo la puerta de nuestra vida a la mentira, una invitada indeseable que nos obligará a engañarnos huyendo de lo espinoso en lugar de hacerle frente.

Este enfoque individualista sería completamente erróneo al incluir a nuestro animal en el conjunto del grupo, al igual que las personas formamos parte de la sociedad en la que vivimos. Este aspecto lo aborda de manera brillante este dilema del erizo: cuanto más próxima es la relación entre dos seres, cuanto más se acentúa el proceso de unificación de dos vidas, más probable será que se hagan daño el uno al otro. Es más, cuando el ‘tú’ y el ‘yo’ empiezan a mutar y se transforman desde el ‘tú y yo’ en ‘tú + yo’, se alcanza un estado en el que ese lastimarse del que hablamos será insoportablemente doloroso. Un dolor que se agarra hondo y nos conduce a vergonzosos estados mentales,  despreciables posiciones morales y lamentables actuaciones regidas por desconocidos impulsos internos. Pero este dilema no hace referencia exclusiva a relaciones sentimentales si no que se aplica para ese proceso de pertenencia al grupo según las categorizaciones sociales por las que organizamos nuestro medio diferenciando a quienes se nos parecen de quienes no, agrupándonos así con los que reúnen ciertas características y apartándonos de los individuos con los que no nos identificamos. Es decir, propiciando un acercamiento con aquellos que pensamos tienen menor probabilidad de lastimarnos por considerarlos de la misma “especie” a la nuestra. (De esto ya hablamos en roles y estatus sociales)

Por el contrario, si las personas esquivan este camino y optan por mantenerse alejados, tendrán que soportar la soledad. Pero, ¿somos capaces realmente de soportar esta ausencia de calor humano? Podemos aceptar la soledad como una distancia de seguridad con la que hallarnos a salvo, pero no vivir aislados.

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Al leer esto imaginarán ermitaños, marginados, creepers o seres dramáticos rebosantes de pena. Pero cada uno de nosotros somos erizos cuando, aun sin rechazar a las personas, huimos de las relaciones serias, sentimientos puros o fuertes compromisos sociales como si fuésemos a ser ferozmente devorados por un terrible depredador inmune a las púas de nuestra coraza. En ese momento se comienza a ofrecer la espalda a la realidad y optamos por no enfrentarnos a aquello que podría llegar a hacernos más daño del que estamos dispuestos a asumir. Ni damos ni recibimos.  Esta huida llega a ser tan cobarde que centramos nuestros esfuerzos en una evolución anti natura que endurezca nuestras espinas hasta el extremo de no llegar a sentir calor alguno como defensa a las amenazas que veremos allí donde tengamos a bien mirar.

Y es tan peligrosa esta huída, esta evolución, que muchos convierten la mentira en un modo de vida donde se desenvuelven con tal soltura que se sienten íntegramente a salvo cuando, en realidad, son más vulnerables de lo que jamás lo fueron. Estos individuos que confunden dureza con fortaleza, que se sienten poderosos y superiores y hacen alarde de un autocontrol que parece dotarles de invencibilidad, no son más que inválidos sentimentales y desvalidos sociales resignados a aceptar problemas y adversidades; perfectos jugadores de riesgo cero. ¿Es que podemos ser más fuertes que estas adversidades de la vida cuando nos rodea un mundo indiferente y un ser social capaz de odiar a otros? Buscando la invulnerabilidad podremos obviar lo imperfecto que es el mundo pero jamás superaremos nuestra imperfección. Seremos fríos, egocéntricos, reacios e inaguantablemente idiotas. Papel roca que se cree hormigón armado.

Al olvidarnos de sorprender y preferir intimidar, el mundo no nos maravilla y acogemos a la gente con un ‘¡adiós!’ tan cálido como punzante. Así, victimas de las heridas, creemos ganar en fortaleza cuando solo acumulamos dureza que nos empuja a vivir en una independencia que no es síntoma más que de carencia y desequilibrio. Es fácil permanecer invicto cuando no se afronta ninguna batalla.

Hay que luchar por finales felices sostenidos sobre ilusiones y esperanzas y no desfallezcamos por ingenuas que éstas parezcan resultar. El caso del matemático inglés Andrew Wiles, que dedicó los mejores años de su vida a la demostración del Último teorema de Fermat (1601-1665), en la que invirtió años de estudio, sacrificios y esfuerzos para superar obstáculos e inventar de la nada modernas técnicas matemáticas para fracasar estrepitosamente en 1993, es un claro ejemplo de lucha y de un hombre que persiguió el sueño de su vida a pesar de las afiladas púas a las que se enfrentaba en forma de contratiempos y experiencias previas plagadas de fracasos.

“Uno entra en la primera habitación de una mansión y está en la oscuridad. En una oscuridad completa. Vas tropezando y golpeando los muebles, pero poco a poco aprendes dónde está cada elemento del mobiliario. Al fin, tras seis meses más o menos, encuentras el interruptor de la luz y de repente todo está iluminado. Puedes ver exactamente dónde estás. Entonces vas a la siguiente habitación y te pasas otros seis meses en las tinieblas. Así, cada uno de estos progresos, aunque a veces son muy rápidos y se realizan en un solo día o dos, son la culminación de meses precedentes de tropezones en la oscuridad, sin los que el avance sería imposible.” A. Wiles.

No podemos huir. Siempre seremos conscientes de lo que realmente estamos haciendo y seremos víctimas resignadas y llenas de dudas de nuestra propia frustración y de un orgullo con olor a vergüenza y anhelo cobarde por no cambiar aunque se nos exija avanzar. La vida es riesgo así que ARRIÉSGUENSE. Levántense después de cada golpe. Den y reciban; aunque a veces hiramos y otras nos hieran. Luchen; como luchó ese matemático que, en 1995, solo dos años después de caer de la manera más dolorosa, superó la teoría de la imposibilidad y alcanzó la gloria tras exponer la ansiada y brillante demostración para un teorema que se le resistió a las mejores mentes durante más de 350 años.

Riesgo y Victoria