El experimento del Buen Samaritano

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Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y pasó de largo. También llegó a aquel lugar un levita y, al verlo, se desvió y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos monedas de plata y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo, le dijo, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando vuelva.” 

Cuando los psicólogos John Darley y Daniel Batson se hallaban inmersos en la investigación del conformismo social, siguiendo las líneas de Ash y Milgram, introdujeron en el juego una variable que había pasado desapercibida en anteriores experimentos: la religión. ¿Serían las personas religiosas más sensibles a los estímulos sociales? ¿Podría un modelo de vida basado en valores religiosos modificar la naturaleza original del ser humano?

Partieron de la hipótesis de que las personas religiosas resultarían más propensas a ofrecer ayuda a los demás y que lo serían en mayor grado en cuanto buscasen con su fe dar sentido a su vida. Buscando el conflicto, ampliaron el conjunto supositorio con el planteamiento de que las personas en situaciones de tensión o con un tiempo de acción/reacción ajustado brindarían menos ayuda que las que no estuviesen sometidas a presiones temporales o situaciones estresantes, demostrando así la no afección de pensamientos religiosos a la conducta humana en mayor grado que pensamientos de cualquier otro campo.

Con el pretexto de un estudio sobre educación religiosa, y tras un proceso de filtrado, seleccionaron a 67 seminaristas del Princeton Theological Semminary a los que encargaron, divididos en dos grupos, preparar un sermón sobre la parábola del Buen Samaritano y sobre las oportunidades laborales del seminario, respectivamente, que debía darse en un edificio diferente y apartado del que se encontraban. A los participantes se les concedieron tiempos diferentes para llegar al punto de encuentro y entregarlo, por lo que algunos realizaron su tarea a toda prisa y apenas contaban con el tiempo justo para llegar puntualmente y otros contaron con tiempo suficiente para todo el proceso.

En el camino se encontraron con un hombre desplomado en un callejón cercano. Tosía al paso de los participantes y parecía necesitar atención urgente. Pues bien, del primer grupo tan sólo el 10% prestó algo de ayuda, frente al 63% que lo hizo del grupo más relajado. Sin entrar a valorar lo triste que es que la cifra no se acercase al total en ambos casos, se puede ver como una cantidad de tiempo límite influenciaba en el comportamiento de ayuda mientras que la variable tarea no determinaba diferencias notables entre ambos grupos. No hubo correlación entre ‘sujetos religiosos’ y el comportamiento de ayuda, aunque sí se apreció que la variable ‘religión como una búsqueda’  hacía de ese grupo el de mayor propensión a prestar una ayuda sustancial similar a la del samaritano en la parábola. No obstante, las entrevistas posteriores de los examinadores con los ‘seminaristas insolidarios’ arrojaron un resultado interesante: se reconocía una decisión consciente de no detenerse a prestar ayuda, es decir, se percataron de un dilema socio-ético. Otros, centrados en su persona y cometido, admitían haber visto a la persona en apuros pero no reflexionar sobre la situación, con lo que, al no empatizar con la problemática de la víctima, no se planteaban dilema ético alguno.

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Nuestra escala de valores presenta una jerarquía que no es inmutable si no que varía frecuentemente y modifica nuestra manera de actuar influida por la situación en la que estemos involucrados y las necesidades que experimentemos. Desgraciadamente, esta es la nota predominante en nuestra sociedad, donde la creencia de necesidad, el egoísmo y el más insolidario de los carpe-diem alimentan nuestro ego hasta enaltecerlo al máximo. Nos da igual ‘el otro’ mientras nosotros salgamos beneficiados y podamos llevar a cabo la empresa que creamos necesitar y que justificamos modificando sin remordimiento alguno esa superficial y plástica escala de valores.

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La prisa… qué hipócritas somos. ¿Cómo se pueden alabar unos valores si ni nosotros mismos los asumimos? El sacerdote y el levita, importantes religiosos, se comportaron como falsos santurrones; mientras que un samaritano, despreciado por las ‘buenas gentes’, fue el menos fariseo y el más humano. El pensamiento acerca de las normas no implica que vaya a actuarse en consecuencia. ‘La ética es un lujo cuando el ritmo cotidiano de nuestras vidas aumenta’. Al fin y al cabo, hacer un discurso sobre la solidaridad no te convierte en más solidario. Ni siquiera durante ese tiempo.

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El dilema del erizo

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“Un erizo quería estar cerca de sus amigos, que le comprendieran y se preocuparan por él. Pero cuanto más cerca estaba de los demás, más se lastimaba y más daño les hacía”. 

Esta pequeña historia recuerda a la parábola del grupo de erizos que en un día muy helado sentían simultáneamente gran necesidad de calor y, cuanto más se acercaban buscando la proximidad corporal de los otros, más dolor se infligían a causa de sus púas. Sin embargo, debido a que el alejarse va acompañado de la sensación de frío, se veían obligados a ir cambiando la distancia hasta que encontraban la separación más soportable. Este dilema muestra como las personas herimos a los demás y nos lastimamos a nosotros mismos como consecuencia de nuestra imperfección e incomprensión, de defectos naturales en el ser humano como las púas lo son al cuerpo del erizo.

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Desde que nacemos, el subconsciente sabe que no podremos satisfacer nuestras necesidades humanas sin interaccionar con los demás. Sin embargo, el desarrollo de un carácter ligado a una escala de valores que rige nuestra vida nos permite darnos cuenta de un constante herirnos a causa de ello y nuestro subconsciente abogará por mantener las distancias en este desarrollo relacional; algo difícil cuando se es social por naturaleza. Cuando somos heridos por lo ajeno el camino más rápido es el aislamiento, ese caso omiso cuya puesta en práctica requiere pararse a analizar si hemos elegido la negación como refugio más seguro o llegamos a alcanzar una auténtica y arraigada convicción del estado mental que estamos adoptando. Peligroso es cuando esto último se da inmediatamente después de que lo primero suceda porque estaremos abriendo la puerta de nuestra vida a la mentira, una invitada indeseable que nos obligará a engañarnos huyendo de lo espinoso en lugar de hacerle frente.

Este enfoque individualista sería completamente erróneo al incluir a nuestro animal en el conjunto del grupo, al igual que las personas formamos parte de la sociedad en la que vivimos. Este aspecto lo aborda de manera brillante este dilema del erizo: cuanto más próxima es la relación entre dos seres, cuanto más se acentúa el proceso de unificación de dos vidas, más probable será que se hagan daño el uno al otro. Es más, cuando el ‘tú’ y el ‘yo’ empiezan a mutar y se transforman desde el ‘tú y yo’ en ‘tú + yo’, se alcanza un estado en el que ese lastimarse del que hablamos será insoportablemente doloroso. Un dolor que se agarra hondo y nos conduce a vergonzosos estados mentales,  despreciables posiciones morales y lamentables actuaciones regidas por desconocidos impulsos internos. Pero este dilema no hace referencia exclusiva a relaciones sentimentales si no que se aplica para ese proceso de pertenencia al grupo según las categorizaciones sociales por las que organizamos nuestro medio diferenciando a quienes se nos parecen de quienes no, agrupándonos así con los que reúnen ciertas características y apartándonos de los individuos con los que no nos identificamos. Es decir, propiciando un acercamiento con aquellos que pensamos tienen menor probabilidad de lastimarnos por considerarlos de la misma “especie” a la nuestra. (De esto ya hablamos en roles y estatus sociales)

Por el contrario, si las personas esquivan este camino y optan por mantenerse alejados, tendrán que soportar la soledad. Pero, ¿somos capaces realmente de soportar esta ausencia de calor humano? Podemos aceptar la soledad como una distancia de seguridad con la que hallarnos a salvo, pero no vivir aislados.

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Al leer esto imaginarán ermitaños, marginados, creepers o seres dramáticos rebosantes de pena. Pero cada uno de nosotros somos erizos cuando, aun sin rechazar a las personas, huimos de las relaciones serias, sentimientos puros o fuertes compromisos sociales como si fuésemos a ser ferozmente devorados por un terrible depredador inmune a las púas de nuestra coraza. En ese momento se comienza a ofrecer la espalda a la realidad y optamos por no enfrentarnos a aquello que podría llegar a hacernos más daño del que estamos dispuestos a asumir. Ni damos ni recibimos.  Esta huida llega a ser tan cobarde que centramos nuestros esfuerzos en una evolución anti natura que endurezca nuestras espinas hasta el extremo de no llegar a sentir calor alguno como defensa a las amenazas que veremos allí donde tengamos a bien mirar.

Y es tan peligrosa esta huída, esta evolución, que muchos convierten la mentira en un modo de vida donde se desenvuelven con tal soltura que se sienten íntegramente a salvo cuando, en realidad, son más vulnerables de lo que jamás lo fueron. Estos individuos que confunden dureza con fortaleza, que se sienten poderosos y superiores y hacen alarde de un autocontrol que parece dotarles de invencibilidad, no son más que inválidos sentimentales y desvalidos sociales resignados a aceptar problemas y adversidades; perfectos jugadores de riesgo cero. ¿Es que podemos ser más fuertes que estas adversidades de la vida cuando nos rodea un mundo indiferente y un ser social capaz de odiar a otros? Buscando la invulnerabilidad podremos obviar lo imperfecto que es el mundo pero jamás superaremos nuestra imperfección. Seremos fríos, egocéntricos, reacios e inaguantablemente idiotas. Papel roca que se cree hormigón armado.

Al olvidarnos de sorprender y preferir intimidar, el mundo no nos maravilla y acogemos a la gente con un ‘¡adiós!’ tan cálido como punzante. Así, victimas de las heridas, creemos ganar en fortaleza cuando solo acumulamos dureza que nos empuja a vivir en una independencia que no es síntoma más que de carencia y desequilibrio. Es fácil permanecer invicto cuando no se afronta ninguna batalla.

Hay que luchar por finales felices sostenidos sobre ilusiones y esperanzas y no desfallezcamos por ingenuas que éstas parezcan resultar. El caso del matemático inglés Andrew Wiles, que dedicó los mejores años de su vida a la demostración del Último teorema de Fermat (1601-1665), en la que invirtió años de estudio, sacrificios y esfuerzos para superar obstáculos e inventar de la nada modernas técnicas matemáticas para fracasar estrepitosamente en 1993, es un claro ejemplo de lucha y de un hombre que persiguió el sueño de su vida a pesar de las afiladas púas a las que se enfrentaba en forma de contratiempos y experiencias previas plagadas de fracasos.

“Uno entra en la primera habitación de una mansión y está en la oscuridad. En una oscuridad completa. Vas tropezando y golpeando los muebles, pero poco a poco aprendes dónde está cada elemento del mobiliario. Al fin, tras seis meses más o menos, encuentras el interruptor de la luz y de repente todo está iluminado. Puedes ver exactamente dónde estás. Entonces vas a la siguiente habitación y te pasas otros seis meses en las tinieblas. Así, cada uno de estos progresos, aunque a veces son muy rápidos y se realizan en un solo día o dos, son la culminación de meses precedentes de tropezones en la oscuridad, sin los que el avance sería imposible.” A. Wiles.

No podemos huir. Siempre seremos conscientes de lo que realmente estamos haciendo y seremos víctimas resignadas y llenas de dudas de nuestra propia frustración y de un orgullo con olor a vergüenza y anhelo cobarde por no cambiar aunque se nos exija avanzar. La vida es riesgo así que ARRIÉSGUENSE. Levántense después de cada golpe. Den y reciban; aunque a veces hiramos y otras nos hieran. Luchen; como luchó ese matemático que, en 1995, solo dos años después de caer de la manera más dolorosa, superó la teoría de la imposibilidad y alcanzó la gloria tras exponer la ansiada y brillante demostración para un teorema que se le resistió a las mejores mentes durante más de 350 años.

Riesgo y Victoria

La Paradoja de Arrow y el lobo feroz

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Tras las oleadas de indignación sociopolítica y las indignantes oleadas de propaganda político-social vividas este año asistimos en España, una vez más, a los prometedores anuncios de armonía y de satisfacción con este gobierno y su programa para todos. Promesas y promesas. Una herramienta que cala en nuestro subconsciente y funciona muy bien en una sociedad que, paradójicamente, es buena conocedora del cuento de ‘Pedro y el lobo’, pero que parece olvidar la fábula de ‘El lobo y los siete cabritillos’ya saben, aquella en la que las apariencias y el exceso de confianza de los animalitos permiten al feroz depredador llenarse bien el estómago gracias a la audacia, el engaño y la inocencia de sus víctimas.

Decía el economista  Kenneth Joseph Arrow en su Teorema de la Imposibilidad que una sociedad necesita acordar un orden de preferencia entre diferentes opciones, mecanismo que se antoja complicado si tenemos en cuenta que cada individuo en tiene su propio orden de preferencias personales. Así afirmaba que para lograr esta función de selección social que satisfaga al mayor número posible de miembros de una sociedad ésta ha de cumplir las propiedades de:

  • Dominio no restringido o universalidad: ordenar y procesar todos los órdenes de preferencias individuales para establecer un orden global.
  • No-imposición o soberanía del ciudadano: este orden no debe ser impuesto sin atender a nuestros órdenes.
  • Ausencia de dictadura: considerar a todos los miembros de la sociedad en la fórmula de esta función.
  • Asociación positiva de los valores individuales y sociales o monotonía: si un individuo modifica su orden de preferencia al promover una cierta opción, el orden de preferencia de la sociedad debe responder promoviendo esa misma opción.
  • Independencia de las alternativas irrelevantes: a cualquier conjunto de opciones individuales se le ha de aplicar la función de selección social de manera que si el resultado no fuese compatible con el que se obtendría para el conjunto de opciones completo no debieran tener impacto en el ordenamiento global.

Lo curioso de esta paradoja es pensar que podemos lograr la ansiada función de manera que alcanzásemos con ella una apacible sociedad moderadamente organizada y medianamente satisfecha cuando el propio teorema reconoce que si el conjunto que toma las decisiones tiene al menos dos integrantes y al menos tres opciones entre las que decidir es imposible diseñar una función de selección social que satisfaga simultáneamente todas estas condiciones.

En nuestra sociedad democrática, es el propio sistema de votación y elección el que está lejos de ajustarse a los parámetros mencionados. Sin entrar en valoraciones ni críticas concretas, contamos con partidos cimentados en ideales y programas tan diferentes que el mero hecho de que uno pueda gobernar el país en solitario por mayoría de votos resulta desconcertante. Un partido A podría alzarse con la presidencia aunque la suma de las papeletas del partido B y partido C (o de todos los demás) fuese mayor, es decir, a pesar de que la mayoría de los votantes no estuviesen de acuerdo con el programa de A. Ante esta situación, los choques entre el orden global que se establezca para la comunidad y el orden individual serán más frecuentes y de mayor alcance y brusquedad.

¿Remedio? Actuar o confiar. Actuar todos para lograr un buen gobierno o confiar en eso de “un buen gobierno para todos”. (Por cierto, ¿Qué querrán decir realmente con esta coletilla? ¿Qué nos tratarán en conjunto de la misma manera acierten o no o quizás que ejercerán el poder sobre nosotros irremediablemente por mucho que nos opongamos?). Confiar, en definitiva, en que cumplan sus abundantes promesas.

En el escenario descrito, pongamos a modo de ejemplo una votación en el Congreso de los Diputados entre tres propuestas diferentes: A, B y C. El resultado, contando con los 350 miembros de esta cámara y basándonos en el reparto de escaños existente tras las elecciones generales de 1993, serían:

– 159 congresistas votan A, y prefieren C antes que B (A > C > B)

– 141 congresistas votan B, y prefieren C antes que A (B > C > A)

– 35 congresistas votan C, y prefieren B antes que A (C > B > A)

– 5 congresistas votan C, y prefieren A antes que B (C > A > B)

Se aprobaría la propuesta A con 159 votos sobre B con 141 y C con 50 (A > B > C).

Sin embargo, y aplicando una comparación por pares, podemos observar como:

– 176 prefieren B > A contra 174 para A > C

– 209 prefieren C > B contra 141 para B > C

– 191 prefieren C > A contra 159 para A > C

Lo que arrojaría unos resultados de preferencia mayoritaria de C > B > A; exactamente lo contrario que lo aprobado por votación simple.

Con un sencillo ejemplo (que también se podría aplicar a la elección de partidos políticos en las urnas) es fácil apreciar el estado de incoherencia que rige la modelización de la función de elección social desde el momento inicial.

Por lo tanto, y puesto que esta paradoja incluye el alcance del Óptimo de Pareto por el que si cada individuo prefiere una cierta opción a otra así lo debe hacer el orden de preferencia social resultante, hay que aceptar como máxima indiscutible que no es posible diseñar un sistema de votación que permita generalizar las preferencias de los individuos hacia una preferencia global comunitaria, la incoherencia entre las preferencias entre el orden de preferencias individual ante las que se tomarían si la referencia fuesen su suma en el orden global y la imposibilidad de una democracia pura.

Por lo tanto, conseguir formular la ecuación de elección social no implica que el orden acordado sea el óptimo, ni satisfactorio ni, mucho menos, el adecuado. Al fin y al cabo proviene de la suma de órdenes individuales y el ser capaces de ordenar nuestras ideas y preferencias no quita de que las personas podamos ser, en conjunto como consecuencia de suma mayoritaria y si me lo permiten, auténticos imbéciles o, recuerden, simples animales racionalizadores (ver la entrada Animales racionalizadores).

Y es que seguir a la mayoría, abandonarse a un modelo neutro común o confiar en el sistema político y dejar que nos calen esos prometedores mensajes de sus dirigentes es aceptar la compañía por tradicción o imposición de un elemento ajeno y peligroso que estamos convirtiendo en auténtica y alarmante costumbre.

Supongo que la fábula que esta sociedad no recuerda es, en realidad,  la que titularon ‘El lobo y el pastor’; ya saben, aquella de:

Acompañaba un lobo a un rebaño de ovejas sin hacerles daño. Al principio el pastor lo observaba y tenía cuidado de él como enemigo. Pero como el lobo le seguía y en ningún momento intentó daño alguno, llegó a pensar el pastor que más bien tenía un guardián de aliado.

Cierto día, teniendo el pastor necesidad de ir al pueblo, dejó sus ovejas confiadamente junto al lobo. Éste, al ver llegado el momento oportuno, se lanzó sobre el rebaño y devoró todo lo que alcanzó.

Cuando regresó el pastor y vio lo sucedido no pudo más que admitir horrorizado:

– Bien merecido lo tengo, porque ¿de dónde saqué el confiar mis ovejas a un lobo?

Tengan cuidado con el lobo feroz; desconfien de él. Sobretodo, si promete mucho.

El lobo feroz

Roles y estatus sociales

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Según el concepto de categorización social, las personas organizamos nuestro medio diferenciando a quienes se nos parecen de quienes no, agrupándonos así con los que reúnen ciertas características y apartándonos de los individuos con los que no nos identificamos. Sin embargo, y curiosamente, tendemos a ignorar ciertas diferencias entre objetos individuales si estos son equivalentes para ciertos propósitos y ciertas similitudes si estos son irrelevantes en relación con nuestras intenciones, creencias, o sentimientos.

Lo más llamativo de este proceso es la manera en la que adquirimos este conjunto de cualidades. Y es que ya podemos esforzarnos en labrarnos una personalidad propia, mejorar día a día o, simplemente, ser nosotros mismos, será inevitable encontrarse con tres fuerzas superiores concebidas y canalizadas, como no, por ‘LOS DEMÁS’: los estereotipos, los prejuicios y los juicios de opinión. Todos ellos presentan una clara e inequívoca relación con otros dos conceptos: el rol y estatus sociales.

Si consideramos nuestra posición en un grupo como nuestro lugar en el sistema, el rol asociado consiste en nuestra conducta esperada, siendo el status la valoración o prestigio que los demás miembros conceden a esta posición. Con lo cual, desempeñar un rol supone comportarse según unas pautas determinadas  establecidas socialmente y esto conlleva que establezcamos relaciones con los demás de forma relativamente predecible. Así se nos será atribuida una valoración y una imagen social que conforma nuestro estatus y nos sitúan, de este modo carente de intimismo, en un determinado lugar del que se extraen nuestras características esenciales y parten nuestras relaciones intergrupales.

Nos encontramos así con elementos diferenciadores como el trabajo y tareas que realizamos y nuestra competencia en su desarrollo, el poder sobre el grupo y el ‘contador’ de valoraciones positivas, o la riqueza, el conocimiento y experiencia, nuestra religión, el grado de implicación en la actividad social y nuestras características físicas en el enfoque más personal. Triste, ¿verdad?.

Lo interesante del estatus individual, es que se configura en base al estima que nos tiene un grupo; al prestigio, categoría y admiración  con que somos percibidos y evaluados por las personas, es decir, no depende de lo que uno cree ser o realmente es o hace sino de los juicios de opinión que los demás realizan.

De todos los roles sociales se espera una forma de comportamiento cuya falta de cumplimiento produce desorganización y trastornos. Las expectativas de la sociedad sobre algunos grupos, dan forma a imágenes sociales de las personas que comparten las mismas características de ese grupo e influyen negativamente en el rendimiento de los que conocen su teórica pertenencia a un colectivo sobre el que la sociedad en que vive tiene expectativas superiores a las que el propio individuo posee, fenómeno denominado por los psicólogos “la amenaza del estereotipo”.

Si a todo esto le unimos el continuo nacer de prejuicios cuando se amenaza el estatus social de un grupo o ser (o por la mera inseguridad de habilidades y conocimientos personales) y la imposibilidad de desempeñar un rol de manera satisfactoria y feliz sin haber sido socializado (osease, educado e instruido a tales efectos… ¿sociedad orwelliana?) para aceptarlo como digno y apropiado, nos encontramos en una situación de conflicto cuando esas características no coinciden con la motivación individual, además de una cohibición, evaluación y estrés social que no permiten a la persona desarrollar todo su potencial humano, alcanzar su plenitud espiritual, sentirse realizado en su trabajo o disfrutar con firme entereza de la enorme amplitud de la vida… elijan.

Eso, al menos, si no renunciamos a las necesidades del ego y tenemos unas motivaciones humanas firmes,  sucumbimos a los miedos que éstas portan inherentemente o cultivamos relaciones tóxicas; campañas bien sencillas cuando se forma parte de una sociedad competitiva y deshumanizada, casi animal, como la actual.

Pero no se crean exentos de culpa, ya que en este mismo fenómeno para todos los demás, ‘LOS DEMÁS’, somos NOSOTROS.


Las teorías de la cosificación y la disonancia cognitiva

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Siguiendo la línea de los dos últimos post, hoy voy a abordar el tema del comportamiento de los individuos en el seno de una organización cuando el logro y el poder se erigen como principales motivaciones humanas y sus homónimos en la dimensión del miedo, fracaso y pérdida de poder, condicionan todo lo demás.

La simbiosis entre motivación y miedo conduce a actitudes en el individuo marcadas por las ya mencionadas pérdida de personalidad y conformismo, la irritación, desorientación y la obediencia.

Varios son los afamados estudios que guardan relación directa con lo expuesto, pero los más interesantes son:

‘EL EXPERIMENTO DE STANLEY MILGRAM’

Después de que Adolf Eichmann fuera condenado a muerte en por crímenes contra la humanidad durante el régimen nazi, surgió la pregunta: ¿es posible que Eichmann y su millón de cómplices sólo siguieran órdenes?

Se demandaron voluntarios para un experimento de memoria y aprendizaje que requería de tres personas: el investigador, el ‘maestro’ y el ‘alumno’, que era cómplice del experimento, por lo que cuando se sorteaban los papeles el voluntario siempre acababa siendo maestro.

Separado por un módulo de vidrio del maestro, el alumno era atado a una especie de silla eléctrica y conectado a un conjunto de electrodos y se le daba una descarga de 45 voltios al maestro con el fin de que comprobase la sensación desagradable y dolorosa. El maestro  debía enseñarle al alumno pares de palabras y, en caso de que éste fallase al recordar, pulsaría un botón que produciría una descarga, las cuales irían creciendo en intensidad desde los 15 iniciales hasta 450 voltios.

Por lo general llegados los 75 voltios el maestro se ponía nervioso y quería parar, pero la autoridad del investigador le hacia continuar. Al los 135  los participantes se preguntaban cual era el propósito del experimento. Algunos se eximían de posibles responsabilidades con los posibles daños ocasionados al alumno; otros reían de forma nerviosa al oír los gritos de dolor del alumno.

Pues bien, el 65% de los participantes aplicaron la descarga máxima de 450 voltios. Aunque parasen, ningún participante se negó a realizar el experimento antes de los 300 voltios, donde el alumno dejaba de dar muestras de señales de vida.

(Recomiendo la visión de estos dos fragmentos de la película ‘I comme Icare’, donde se reproduce con detalle psicológico dicho experimento)

‘EL EXPERIMENTO DE LA CÁRCEL DE STANFORD’

Llevado a cabo en 1971 por Philip Zimbardo, se reclutaron 24 voluntarios que fueron divididos aleatoriamente para desempeñar los roles de guardias y prisioneros en una prisión ficticia (con condicionantes tales como la no violencia, no causar excesivos miedos, etc.).

El experimento se descontroló rápidamente. La corrupción de los guardias por el poder de su papel y por el soporte institucional para desempeñarlo y que les diferenciaba de sus compañeros provocó que los prisioneros sufrieran (y aceptaran) un tratamiento sádico y humillante a manos de los guardias, y muchos terminaran mostrando graves trastornos emocionales. La experiencia, que llegó a corromper al propio Zimbardo, tuvo que ser cancelada en la primera semana.

Se ven claramente en ambos casos patrones similares y acentuados que pueden responder a dos teorías principalmente:  la Teoría de la cosificación’, que explica la obediencia según que la persona se ve como un simple instrumento que realiza los deseos de otra y, por lo tanto, no se considera responsable de sus actos, y la ‘Teoría de la disonancia cognitiva’, que hace referencia a la tensión interna del sistema de ideas, creencias, emociones y actitudes que percibe una persona al mantener al mismo tiempo dos pensamientos que están en conflicto o un comportamiento que entra en conflicto con sus creencias. Obviamente, se pueden relacionar todos estos comportamientos y situaciones con la ya comentada ‘Teoría del Conformismo’ en la que, al no poseer ni la habilidad ni el conocimiento para tomar decisiones, tomamos decisiones con respecto al grupo y su jerarquía.

Creo que en nuestra sociedad el omnipresente MIEDO A LA SUPERVIVENCIA se camufla en el miedo a no tener lo suficiente y el miedo a no ser o no valer lo suficiente. Esto demostraría que la impresionabilidad y la obediencia de la gente cuando se les proporcionan una ideología legitimadora y el apoyo institucional determinan los roles sociales impuestos en la conducta.

Ante una disonancia de manera muy apreciable la persona se ve automáticamente motivada para esforzarse en generar ideas y creencias nuevas para reducir la tensión hasta conseguir que el conjunto de sus ideas y actitudes encajen entre sí, constituyendo una cierta coherencia interna. Esto es, cambia de actitud o de ideas ante la realidad. Es decir, con el poder de elegir en sus manos, una persona en el seno de una organización o un grupo de trabajo, incluso ante una tarea de responsabilidad que tenga influencias sobre otros miembros de la compañía, elegirá entre ser o aparentar; su comportamiento o el del grupo.

Desgraciadamente, como los psicópatas adaptados al entorno parecen abundar y el  “efecto del enemigo común”, esto es, motivar a las personas apoyen en conjunto una causa que promueve un líder (político, social, empresarial, etc.) es denominador común en todas las organizaciones, Adolf Eichmann constituye solo uno más entre los millones de zombies controlados por grandes supermentes que viven en seres privilegiados que les privan de su inocencia y bondad.

Eso o que estos miedos, más mentales que reales, son mayores en quien menos opciones tiene y hacen muy buenas migas con la estupidez humana. Supongo que esto, al menos, explicaría aquello del ‘sueño americano’.


Los experimentos de la conformidad con el grupo

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Hace unos días hablaba de psicología social y del universo que se esconde tras dicho término. Resulta difícil plantearse el éxito en la dirección o coordinación de una organización, la gestión del conocimiento o el empleo de los sistemas informativos de gestión de forma óptima, coherente e integradora con el conjunto de individuos sin que los responsables de ello cuenten con los conocimientos adecuados en materia sociológica y psicológica. Precisamente por esto creo que es interesante profundizar en algunos aspectos de esta psicología relacionados directamente con alguna de estas materias.

Un concepto de suma relevancia que aparece en los análisis de esta temática es de la conformidad, que no es más que el grado hasta el cual los miembros de un grupo social cambiarán su comportamiento, opiniones y actitudes para encajar con las opiniones del grupo. Aquí el individuo sobrepone este sentimiento con el deseo de afiliación y el miedo al rechazo, y las consecuencias que de ambas situaciones se deriven, que forman parte de las ya mencionadas motivaciones humanas.

El ejemplos más representativo de todo esto es el del “Experimento de conformidad con el grupo” de Salomón Ash de 1951. El objetivo era estudiar las condiciones que inducen a los individuos a permanecer independientes o a someterse a las presiones de grupo cuando estas son contrarias a la realidad, estudiar el comportamiento del sujeto frente al comportamiento del resto del grupo.

Se formaba un grupo de entre 7 y 9 participantes, de los que uno constituía el sujeto de estudio mientras que el resto eran cómplices del experimento, a los que, sentados en una clase, se les mostraba una serie de líneas y su tarea era diferenciar la longitud de las mismas y comparar las que eran presentadas con la línea original. Los cómplices respondían errónamente antes de que, en último lugar, tuviese que responder el sujeto de estudio.

Pues bien, a pesar de reconocer perfectamente la opción correcta, el 33% de los individuos se conformó con la opinión de la mayoría  aunque las líneas en comparación llegasen a diferenciarse en varios centímetros. Además, era más probable que el sujeto diera una respuesta influenciada si el resto daba una opinión unánime.

Caso famoso también es el del “Experimento del punto luminoso” llevado a cabo por Muzafer Sherif en 1935 y que medía hasta que punto un participante, al pedírsele que resolviera un problema, compararía y adaptaría su respuesta a la del grupo, lo que se denomina influencia social informacional ya que el individuo recurre a miembros del grupo para obtener información sobre una situación ambigua (situación que tanto los mecanismos informales de coordinación como las TIC pretenden resolver)

Consistía en la proyeccción de un punto luminoso en una sala oscura a la que, en primer lugar, los miembros del grupo accedían individualmente, y más tarde lo hacíann en grupos reducidos. Cada individuo por separado veía el punto a una distancia concreta, mientras que al consensuar con el resto del grupo, la opinión se normalizaba y se homegeneizaba entre todos los participantes. Se observa entonces que la opinión personal de los participantes se adaptaba a las opiniones generales del grupo.

De todo esto se puede deducir, centrándonos en nuestro objeto de interés, que un grupo puede influenciar a sus miembros por medio de procesos subconscientes o a través de una manifiesta presión de pares sobre los individuos. El cumplimiento de las normas en el seno de una organización no es sino conformidad como resultado de una orden directa, una influencia social normativa, así como que la conformidad que procede de la convicción total y absoluta en los propios actos será motivo de internalización por parte de los componentes.

Difícil será entonces mantener la objetividad e imparcialidad a la hora de ejercer la autoridad directiva o establecer una visión global de una compañía para la implantación óptima de mecanismos de coordinación o intrumentos para la gestión informativa que involucre a todos los miembros de la misma si el tamaño del grupo, la unaminidad, la cohesión y estatus social, el compromiso previo y la opinión pública determinan el grado de desempeño laboral y de conformidad que el individuo reflejará hacia dicho grupo, su integración con dichos mecanismos y sistemas tecnológicos,  y, por lo tanto, con la empresa de la que forma parte.

Motivaciones humanas y relaciones tóxicas

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Del CRM a la gestión del conocimiento y de dicha tela de araña a la psicología social. Esta es una de las múltiples vías para toparse de lleno con el interminable mundo que encierra este término.

Al aventurarnos en el estudio de la organización intraempresarial, de los sistemas de gestión de cada compañía o de su comportamiento ante el universo de información que maneja chocamos contra la gran barrera que forma el conocimiento. Pero, ¿qué es conocimiento? ¿Existe el conocimiento verdadero? ¿Acaso es realmente el know-how conocimiento? ¿Y la experiencia? ¿Es la experiencia realmente know-how? Si aceptamos que el conocimiento solo es tal cuando no es estático… ¿es realmente sabio el que acumula conocimientos? ¿Transformar datos en información otorga sabiduría? ¿Son las TIC fuente de la auténtica sabiduría?

Tratando de arrojar luz sobre estas cuestiones, evitando la relatividad infinita (al igual que infinita es la estupidez humana), y analizando el comportamiento  del conjunto de individuos en sus diferentes niveles del “conocimiento” y la actitud frente a su problemática social es cuando aparece aquello de da título a este post.

Las personas adoptamos una forma de organización social con el fin de resolver más eficazmente nuestros problemas de subsistencia (aunque no tengamos conocimientos tácitos de como hacerlo) y para ordenar nuestra convivencia. En este contexto el ambiente que nos rodea nos influye fuertemente; sin embargo, el poder del hombre de rebelarse frente a lo establecido  demuestra que posee la capacidad de discernimiento desde un punto de referencia interno.

En este contexto las motivaciones humanas juegan un papel fundamental en la organización social; no tanto por ellas mismas si no por los miedos que las condicionan. Así surgen de manera continuada las relaciones tóxicas, aquellas que nos hacen infelices, que nos frustran, que nos engañan, que nos utilizan para sus propios fines y que se aprovechan de nuestras debilidades

A modo de ejemplo, el pertenecer a una empresa con la que no se concuerde éticamente, no suponga una situación laboral satisfactoria o no se establezca un vínculo identificativo,permite apreciar como la motivación humana del logro tiembla ante la posibilidad de mutar en fracaso, la del poder se ve mermada y paralizada y la afiliación sucumbe ante el miedo al rechazo social, lo que conlleva una pérdida de personalidad casi absoluta en el seno de la organización.

El problema para deshacerse de estas relaciones tóxicas es que las víctimas no quieren ver todos los males que les acarrea ese vínculo, una relación que les distorsiona la percepción en virtud de una atracción de la cual no se pueden apartar.

Parece ser entonces que los viejos hábitos o las características de nuestra personalidad ya no funcionan o no son relevantes y somos vulnerables a las fuerzas de la situación, tales como la dinámica de grupos para conformarnos, la dilución de la responsabilidad de nuestros actos, la deshumanización de otros, los sentimientos de anonimato y pérdida de necesidad de rendir cuentas, entre otros. Podemos entonces hacer cosas que nunca hubiésemos imaginado que pudiéramos hacer sin las influencias sociales de ese momento y lugar. Pero todo esto se queda en mera teoría siempre que seamos sensibles al peor temor de todos, al más omnipresente  y condicionante en los individuos, ese que la psicología social llama MIEDO AL CAMBIO.

Un pequeño extracto de la película When Nietzsche Wept (se aprecia un buen diálogo sobre las motivaciones humanas)

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