Idealismo distópico

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Los que nos llegamos a creer eso de ser idealistas, tendemos a enmarcar todo en un escenario idílico y sin fisuras, que entra en el terreno de lo utópico, y a criticar aquello que amenaza el ‘perfecto’ que defendemos en el que el devenir no nos depara sino un futuro feliz en una sociedad en la que cada persona tiene satisfechas sus necesidades básicas y vive bajo el amparo de un gobierno benévolo implicado en mantener el orden y bienestar social, o bien, no hay gobierno o no se presenta bajo la despreciable forma que conocemos a día de hoy.

Cuando hacemos referencia a ‘1984’ para establecer paralelismos en el plano social y psicológico de nuestra sociedad actual, obviamos las bases que establece la obra:  opresión hasta los topes en una sociedad individualista, desconfiada y hermética al ciento y bajo un ente gubernamental tremendamente autoritario. Lo que llamamos distopía.  Lo más significativo es que los artífices y/o preservadores de tan extrema situación presentan a los miembros de esa sociedad este estatus como el más conveniente, óptimo y adecuado para el conjunto de sus ciudadanos. La más pura y auténtica de las utopías. Así, mientras creemos vivir en libertad absoluta nos rendimos a una sumisión definitiva. El sueño de todo gobernante.

Sumisión

Lo cierto es que la historia ha demostrado que la posibilidad de injertar el “pensamiento utópico” en una organización política real desemboca en una tentativa abocada al fracaso: ahí tenemos una doble Revolución Industrial, la Revolución Francesa, las naciones comunistas o las guerras americanas “de indios y vaqueros”.  Un estadio inalcanzable en el que persistirán las clases y cuya existencia queda relegada para la literatura de ficción, en plumas como las de Tomás Moro o Samuel Butler, sobre viajes lejanos o territorios desconocidos en los que cohabita cualquier ideal con el modelo propuesto.

La reacción al doloroso desengaño es el reinado de la distopía, repleta de manos dispuestas a limitar los derechos de los individuos y a manipular su percepción de la realidad hasta que, bajo el influjo de una terrible represión (como conjunto de actos que emanan del poder para detener o castigar con violencia actuaciones políticas o sociales), se creen en posesión de una falta total de sujeción y subordinación a la misma.

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Este es el contexto en el que se sitúa la obra de Orwell (y otras también notables como ‘Un mundo feliz’ de Aldous Huxley) y del que partimos para el análisis. Un contexto que no dista en demasía al de la sociedad de hoy. El actual orden político está encaminado a lograr la alineación de los ciudadanos, a hacernos incapaces de pensar por nosotros mismos y a anular nuestra capacidad de reacción e impulso de réplica. Nos confiamos ciegamente a una inculta e interesada clase regente, permitimos sus excesos, consentimos sus mentiras y aplaudimos sus abusos. La necesidad de ser gobernados por un organismo superior que debiera suplir nuestra incapacidad para la toma de decisiones y nula capacidad de discernimiento nos transforma en harapientas marionetas de partidos corrompidos desde las bases. Así lo externo es amenazante y nuestra suficiencia insuficiente, se cree vivir en la ausencia de falta, se culpa a los demás de nuestros problemas y errores e hipotecamos lo que antaño llamaban ‘poder del pueblo’. Y si por el camino perdemos la cualidad del ser humano para razonar, jugada redonda.

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Como en la Oceanía del ‘Gran Hermano’, existen medios coercitivos con los que estos lobbies se aseguren el control sobre todo y todos. Algunos son fácilmente identificables, como:

Medidas represivas como tasas impositivas, máximos legales o leyes que limitan nuestra libertad en pos de aquellos que benefician a los que ocupan los sillones de poder.

– La guerra contra un enemigo exterior causante de todos nuestros males, porque ¿cómo iba a ser culpa de nuestros venerables dirigentes? Llámenlo U.S.A., comunismo, Merkel. zombies… amenazas que requieren de un regazo protector que nos mantenga a salvo.

– La criminalización de esos ‘rebeldes’, ‘agitadores’ o ‘desviados’ que no aceptan la normativa impuesta. Seres negativos, nocivos,  despóticos, expoliadores y destructivos a los que nunca debemos escuchar ni, mucho menos, seguir.

– La difusión de la “verdad” que orquesta los medios de comunicación mediante una manipulación de las masas para configurar como cierta la realidad que dicta el gobierno. Medios que viven de favores políticos y que son meras herramientas de difusión ideológica, sesgados en pruebas y tertulias de ‘intelectuales’, plagadas de fantoches y casposos,  y que el influenciado público cree y defiende en bloque como ovejas de un rebaño de imbéciles sin sesera. La única manera de perpetuar estos regímenes es falsear la realidad y perpetuar la mentira.

– La fulminación de costumbres, arma de progres y no tan progres. Lo que le funciona a los de arriba no ha de cambiar y esas han de ser las nuevas tradiciones. Sin ética ni transparencia en el proceso, permanecerá lo que evoque un recuerdo en el que nunca se abuse de nosotros.

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Es evidente que, en múltiples ocasiones, ejercen contra nosotros un autoritarismo sin miramientos en el que hay ausencia de una auténtica opinión pública y no se registra ninguna institución objetiva de participación ciudadana con el pretexto del voto inútil. Es más, la gran mayoría de los votantes de este inflexible sistema son masas de incultos en el plano político (mejor no valorar aspectos culturales) que, muy presumiblemente, no superarían el corte en un sistema de voto censitario.

En la novela se puede leer algo como: “quien controla el presente, controla el pasado. Quien controla el pasado, controla el futuro.” Seguiremos sin cansarnos de escuchar mentiras, leer absurdeces, consentir abusos y olvidar sucesos deleznables. Sin embargo, el idealista puede ignorar la realidad, pero no las consecuencias que tiene ignorar la realidad.

Recuerden que el liberalismo, esa teoría sobre la justicia cimentada en los derechos del individuo, es una cuestión de ética y no de política. Tal vez los políticos no sean el problema, sino la propia política. Y el precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres. Viviremos en 1984 y, al final, la verdad nunca habrá existido; aunque, mientras la recordemos antes de su total extinción, podremos PLANTAR CARA.

Pequeños avances

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Dicen que la humanidad solo progresa gracias a los grandes avances: aquellos que, como la física electrónica, la ciencia embriónica o la medicina biónica, han permitido al hombre poner el pie en la Luna o cocinar seres humanos en la turbo-mix de modernos laboratorios y mejorar sus funciones vitales con componentes robóticos salidos de los fogones a las manos de las mentes más prodigiosas.

Quizás por ello, la humanidad, solo desprecia a los pequeños avances: aquellos que, como las lentes de contacto, el sistema de numeración indoarábigo o el lenguaje universal, no han supuesto más que adelantos considerados casi minúsculos y que simplemente han permitido al hombre ver con más claridad o hacer iguales cálculos y decir las mismas tonterías en cualquier parte del mundo.

Sin un lenguaje universal

Decía el aristócrata francés Hérault de Séchelles en su Teoría de la Ambición, de 1788, que hay, en las operaciones del intelecto, algo de fortuito para quienes piensan sin método; pero que para el que medita y no desprecia los pequeños avances, la inestabilidad del escenario y la mediocridad de los actores serán obstáculos menos abruptos.

Se piensa que lo más útil es lo inmediatamente práctico y no se consideran las ciencias con aplicaciones al espíritu, esas que realmente configuran al hombre. Dicen que resultamos más competitivos, pero cada vez somos menos humanistas. Por ello infravaloramos los pequeños avanceslos mismos que mejoran vidas y sin los cuales no habrían acabado las grandes obras de una humanidad que no repara en ellos.

Traten de multiplicar MDLXII x CXLI.Intenten vivir sin tener capacidad de ver el mundo o sin poder decir te quiero. Son los pequeños pasos los que hacen grandes avances. Yo, me quedo con ellos. Al fin y al cabo, nunca pisaré la Luna.

Libertad negativa y Libertad positiva

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Una creencia que parece constante en nuestra sociedad es la de aceptar que para cada problema del ser humano existe una sola respuesta completamente válida, por lo que las demás han de rechazarse como erróivaneas. Esto, sin embargo, está en contraposición con la máxima de que la consecución de alguno de los ideales humanos que configuran las grandes aspiraciones de los grupos de individuos no es obstáculo para materializar las demás.

Si así fuese ,aquello de Libertad, Igualdad y Fraternidad hubiese desembocado en una bella realidad social en lugar de la tumultuosa aventura francesa en la que la injusticia social y una paradójica y terrorífica dictadura fueron precio de la libertad, la igualdad teórica se convirtió en desigualdad práctica vía coacción, espionaje e intromisión absoluta del Estado y la fraternidad una mera quimera empleada transitoriamente bajo bandera tricolor contra una causa negativa común.

Quizás el caso más ejemplificador de la historia conlleva plantearse la dualidad positivo-negativa que los ideales humanos presentan en el plano dimensional de lo mental, espiritual y social.

De este aspecto, en cuanto a Libertad se refiere, ya habló en 1958 el pensador Isaiah Berlin. Argumentaba que ésta se liga estrechamente a la coerción en cuanto que a menor autoridad ejercida sobra nuestra conducta y, por lo tanto, mayor autonomía de nuestras propias motivaciones sin interferencia de voluntades ajenas y aplicando nuestros propios criterios, más libres somos. Este concepto individualista ligado al desarrollo intelectual y de la capacidad creativa configuraría la LIBERTAD NEGATIVA. Esto es, yo soy libre negativamente hasta el punto de que disfruto de una capacidad de elección sin impedimento ni coerción.

Un enfoque más social que individual, que no busca limitar la autoridad si no ejercerla y que se apoya en la teoría de que la posibilidad que tiene cada individuo de decidir su destino está supeditado en buena medida a causas sociales ajenas a su voluntad conformaría la LIBERTAD POSITIVA. A menores diferencias entre individuos, a igualdad de oportunidades, más libertades en clave social. Conceptos como solidaridad, responsabilidad social y justicia se nutren de este concepto. Osease, yo soy positivamente libre en la medida en que consigo el autodominio, lo que sugiere un hombre dividido y contrapuesto a sí mismo.

El principal problema es la evidente alergía que amba libertades se proclaman. Si vivimos en sociedad nos encontramos aent la imposibilidad de que los propósitos y actividades de los hombres armonicen entre sí y esto hace necesario establecer una serie de normas comunes que limiten nuestra libertad trazando la difícil frontera entre el ámbito de la vida privada y el de la autoridad pública. Normas autoritarias como cerco a la libertad plena.

Es curioso como las personas hemos aceptado nuestro sino en esta materia como cláusula implícita en el contrato laboral de la vida y luego tratamos de engañarnos en el único espacio de nuestra libertad que no nos pueden quitar y que no es otro que el que se aloja en la propia mente y nos permite proyectar nuestras ideas, reflexionar y discernir en pos de pasar a la acción (o no) fruto de una decisión que, brotando de este lugar, configure un escenario de inicio realmente libre.

Basarnos por ejemplo en el determinismo y tomar como cierto que la libertad de acción está determinada por decisiones que a su vez están totalmente determinadas por causas antecedentes (pues las decisiones y experiencias previas marcan la pauta en este campo), nos obligaría a reconstruir desde la base nuestra concepción de la realidad. O en un enfoque en el que los grados de libertad estuviesen en función de la satisfacción de los deseos y necesidades en el cual podríamos aumentar la libertad de una manera efectiva tanto eliminando éstos como satisfaciéndolos, para ser libres solo deberíamos condicionarnos para olvidar los deseos originarios que decidimos no satisfacer; podríamos borrar la frustración vía eliminación de deseos y sueños que residían en nuestro yo ideal y que pretendíamos alcanzar haciendo uso de una plena (e inexistente) libertad.

Esta manera de autocomplacernos mediante la ceguera espiritual y amputacón de las partes de nuestro yo más profundo para sentirnos en un estado de colocón autonómico donde somos minimamente libres y dueños de nuestras vidas se completa con el análisis al más puro estilo econométrico que empleamos incluyendo todas las variables que forman parte de este conjunto de deseos, experiencias, factores externos, etc. que irrumpen en nuestro ideal de libertad. El principal error de regirlo todo mediante leyes causales y probabilidades será que cuanto mayor sea el número de variables a incluir que seamos capaces de discernir más abrumadora será la tarea de deducir cualquier consecuencia y peso en la ecuación de cada una de ellas. Además, cada consecuencia reafectará al conjunto del todo en el que se incluiría el resto de la incontable totalidad de las cosas y acontecimientos que nos rodeen hasta alcanzar el colapso mental. En consecuencia, cuanto más completo sea nuestro conocimiento de los hechos y de sus conexiones más difícil será concebir alternativas y más fija parecerá la estructura de nuestra sociedad y menos libres los actos que acomentamos. Queríamos controlar un puñado de variables y ahora es el conjunto de ellas el que nos domina. El incompleto inexplicable. Inquietud. Infelicidad.

Con todo esto no queda otra que añadir ‘libertad real y plena’ al saco de las utopías, aunque nos creamos dueños de, al menos, parte de ella. La SOCIEDAD LIBRE que definía Van Parijs  como aquella cuyos miembros son “todos realmente libres” y en la que existe alguna estructura de derechos bien defendida donde cada persona es propietaria de sí misma y tiene la mayor oportunidad posible para hacer cualquier cosa que pudiera querer hacer no es si no un inconcebible en el mundo actual; una idea más cercana al sistema capitalista o a modelos de gestión política que a la propia vida del ser humano. Era previsible; al fin y al cabo, somos parte de una confabulación de cosas más amplia de lo que jamás podremos entender.

Serendipia y el dilema del pirata

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En nuestra época escolar todos aprendemos a decir que Edison inventó la bombilla incandescente; una afirmación completamente falsa. Inventada por Warren de la Rue en 1840, la identificación de los factores clave para su éxito en el mercado, duración y coste, vinieron de la mano de Edison y la primera lámpara de luz exitosa en 1880.

Lo mismo ocurre con Google y su modelo de publicidad patrocinada comercializado bajo el modelo de Ad-Words, el cual fue inventado previamente por Overture y adquirido por Yahoo. Sin embargo, Google fue capaz de identificar de forma mucho más eficaz la relación entre búsqueda y publicidad online que el mercado estaba buscando.

En nuestra época universitaria los economistas aprendemos a decir que el éxito comercial de una idea innovadora y sus aplicaciones tecnológicas dependen fundamentalmente de tres factores: la facilidad en el acceso a dicha innovación y productos, el valor de la misma en relación con propuestas competidoras y su adecuación al contexto de uso. No se trata de una afirmación completamente falsa, pero carece de un factor fundamental: la serendipia.

La relación entre la satisfacción generada por un producto o servicio innovador con las funciones o utilidades inesperadas que ofrece define este concepto.

Curva de Serendipia

¿Será esto de la serendipia un determinante en la piratería? Es decir, si el grado de sorpresa no se puediese igualar, si la satisfacción no fuese la misma, si el producto original nos hiciese exclamar ese “WOW! Just what I needed!”… ¿Sufriría la piratería? ¿Estaría dispuesto el universo corsario a pagar más por ese enorme frescor?

La piratería en los sectores tecnológicos nos permite observar cómo sus miembros son extremadamente hábiles detectando sectores con problemas en su aportación o creación de valor y, por lo tanto, carentes del factor mencionado anteriormente. En el famoso caso de la música, estos apostaron por su distribución digital a partir del año 2000, sin embargo las ventas de música tradicional habían comenzado a descender dos años antes.

Asimismo, el nacimiento de este fenómeno fuera de los mercados establecidos puede crear, legitimar o expander otros mercados. Ahí tenemos el ejemplo de Microsoft en China. No se preocupen en exceso países como España, en los que el gasto en I+D+i es nulo y donde predomina lo que yo llamo la ‘innovación del palo’, ya saben, como nos cuesta ser auténticos innovadores nos centramos en el incrementalismo sobre los productos: lo hacemos más bonitos, más pequeños o le ponemos un palo (chupa-chups, fregona, etc.)

¿Qué hacer ante esta situación? Enfrentamiento directo, con resultados nefastos y escándalos como los que nos regala la S.G.A.E., sumarse a los piratas utilizando sus canales como canales de distribución complementarios, como Microsoft en China, o aprender de los piratas y crear un nuevo mercado legítimo, como ha hecho Apple con iTunes y su confirmación como rey de la música digital (innovación en lo más alto de la curva).

El consumidor entonces exige todo esto, esa serendipia, ese desafío, ese frescor que evite su enrolamiento en el galeón de guerra. Porque a día de hoy, el auténtico desafío es jugar según las reglas de lo teóricamente “legítimo” y “legal”

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*Lecturas realizadas de Salvador Aragón

Animales racionalizadores

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Vivimos en un mundo pletórico de datos, frases e iconos. Hablamos de la ‘Sociedad de la información‘ sin apreciar la apabullante y diversa cantidad de estos elementos de la que disponemos, la omnipresencia de los instrumentos de información, su irradiación y velocidad y sin aceptar que formamos parte de una ciudadanía pasiva abrumada ante la dispersión y abundancia de mensajes y la ausencia de capacitación y reflexión suficientes sobre estos temas. El conocimiento o posesión de toda esta información carece de valor sin la capacidad de un adecuado procesamiento, asi como contar con los medios para un tratamiento óptimo de dichos datos resulta inservible sin éstos. Para esta labor contamos con la combinación de los dos mejores elementos: el ser humano y la tecnología.

No cabe duda de que el desarrollo y capacidad tecnológica es increíble y rara vez conflictiva consigo misma. Sin embargo, el individuo social entra en conflicto con la también omnipresente emocionalidad que encontramos en la dimensión valorativa que acompaña cada cognición, motivación, interpretación de la realidad y escala de valores y actitudes. En cada acto humano, por más racional que parezca, lo emocional siempre juega; lo que confirma aquello de que no somos animales racionales sino animales racionalizadores.

Si consideramos el enorme desarrollo de la inteligencia artificial, su incorporación a las nuevas tecnologías y, como consecuencia, el nacimiento de la capacidad racionalizadore de las máquinas, ¿qué sucede con la definición del hombre como animal racional? ¿Se convierten estas máquinas en artefactos racionales? La diferencia está clara: las computadoras no sienten, los hombres sí. Entonces, tal vez, de acuerdo con esta nueva cultura, deberíamos proponer una nueva definición del hombre: no ‘animal racionalizador’ sino ‘máquina afectiva’.

Personalmente no sé por cual de ellas declinarme. Phineas Gage, cuyo cráneo fue atravesado por una barra metálica que lo lanzó a 30 metros en 1848 tras una explosión y que a los 2 meses recibió el alta médica en perfectas condiciones, desafió a la primera de las definiciones cuando, a pesar de mantener sus facultades racionales tran el accidente, el equilibrio entre su facultad intelectual y sus propensiones animales se destruyó por completo.

El cráneo, la barra y el desafío a la razón

Aceptar la segunda es tentador. Supongo que la confluencia de razón y sentimientos es algo muy real, sin embargo no creo que podamos admitirla si queda totalmente devaluada al mirar el mundo en qué vivimos. Lejos de debates políticos o conflictos internacionales de nivel cultural, un claro ejemplo de absurdo irracional con máscara de razocionio racionalizado tiene nombre propio en casa: el canon para la defensa de la propiedad intelectual de la S.G.A.E., o lo que es lo mismo, la defensa de que las nuevas tecnologías, internet y el desarrollo de los sistemas informativos destruyen el valor de sus contenidos (¿se tratará de pseudoluditas escasos de escrúpulos movidos por el mero interés económico? Seguiremos esperando apreciar el fundamento doble de alentar nuevas creaciones de carácter intelectual y el funcionamiento adecuado del mercado que se esconde detrás de dicho canon y no el actual efecto adverso en el goce de los derechos concedidos como los derechos garantizados por la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la violación de la supremacía cultural y de la información que en estos casos debe primar)

Debemos estar alerta ya que estos enemigos de la cultura libre  pretenden que se nos identifique en la red por nuestros datos personales en vez de por el Protocolo Internet (IP) de carácter numérico y de difícil memorización. Muy racionalizador.

Ejemplo de ser 'racionalizador'

Defendería orgulloso la tercera proposición, pero asumir por definición la afectividad del ser humano y la concepción de este como ‘máquina’ me parece motivo suficiente para no hacerlo. Si además la identificación maquinal conlleva consigo cualidades como eficiencia, efectividad o superioridad basta con rememorar el caso del ajedrecista Garry Kasparov contra la computadora de IBM Deep Blue para cuestionarlas. En 1996 Kasparov derrotó a la supercomputadora Deep Blue de la IBM en el sexto y final juego de una batalla de inteligencias que fue considerada la prueba más grande entre un hombre y una máquina. La raza humana había ganado y Kasparov había demostrado un control de estrategia mucho más allá de las aplastantes tácticas de fuerza bruta de la máquina. Deep Blue podía calcular 100 millones de posiciones por segundo, pero carecía de la sensibilidad necesaria para apoderarse de la sutileza del juego posicional.

Al año siguiente IBM realizó un gran esfuerzo económico y la evolución tecnológica permitió un gran desarrollo de la inteligencia artificial de Deep Blue, que podía evaluar 220 millones de posiciones por segundo (Kasparov solo 3). La máquina se llevó la batalla en el sexto juego en tan sólo 19 jugadas. Lo que parecía imposible hace décadas acababa de ocurrir: una computadora había conseguido derrotal al mejor humano. Kasparov no aceptó la derrota y se quejó de que el sistema había recibido ayuda humana ya que “las computadoras no pueden jugar como lo ha hecho”

Máquina afectiva vs Máquina casi-efectiva

A pesar de que el comportamiento racional siga vigente (Google va a lanzar su propio servicio de ebook después de  haber desarrollado durante años el proyecto Google Books Library, ¿alguien da más?), y de que Kasparov llegó a ser una máquina afectiva (sin embargo él no evolucionó como su rival informático y como la tecnología lo hace día tras día y quedó obsoleto) todo indica que habremos de aceptar que las personas, a día de hoy, no somos más que animales racionalizadores (al igual que, solamente en la teoría, Ramoncín)

Luddismo vs Redes Sociales

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Es de suponer que a Ned Ludd le resultaría inentendible la existencia de un movimiento autodenominado ‘Neoludismo’ si tenemos en cuenta que sus miembros son activos blogueros que luchan contra la difusión de las redes sociales y de Internet en su conjunto.

De sobra es conocida la ardua oposición de dicho movimiento a una de las redes sociales más importantes del mundo; lo curioso es la manera de enmascararse en el mundo virtual para llevarla acabo mediante la utilización de los medios que la misma ofrece.

He aquí un ejemplo de la visión apocalíptica que nos presentan. La idea de que las redes sociales pretendan destruir el mundo real e instalar un mundo virtual o de que el auge de Facebook sea la prueba de un “experimento de manipulacion global” resulta disparatada si pensamos en la omnipresencia del Gran Hermano de la ‘sociedad orwelliana’ que se nos describía en la obra ‘1984’. O tal vez no.

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