Muchas veces le comento a mis amigos que no me siento unido a Madrid, que mi arraigo está en León. Otras veces he experimentado un sentimiento de bienestar similar mientras me perdía en el cielo de Londres desde las tumbonas de Hyde Park.  Entonces… ¿qué es el arraigo?

Cuando dejamos nuestras casas, familias, amigos y hábitos por una vida independiente, una experiancia laboral o por causas de fuerza mayor evidenciamos esta cuestión: echamos de menos lo que ya no tenemos o no podemos hacer. ¿Este anhelo es arraigo o mera morriña?

Hyde Park

Es normal extrañar las costumbres, lo conocido; pero supongo que el verdadero arraigo conlleva una tendencia a la práctica o conocimiento  además de costumbres, ritos o elementos culturales propios del lugar que sentimos como nuestro. No sé como se puede medir esto, pero me resulta curioso que en España se realice un examen de arraigo para obtener la nacionalidad en el que los inmigrantes se encuentren ante un juez que les pregunta por la receta de la tortilla de patata, los poetas de la posguerra o actividades socioculturales de su ciudad y evalúen además: 1.El trabajo. 2. Si la persona está afiliada a la Seguridad Social. 3. Si sus hijos están escolarizados y van al médico cuando enferman. 4. Si dispone de abono de transporte (lo que supuestamente demuestra que se mueve) y 5. Si tiene tiene el piso asegurado a terceros. En fin, si yo me enfrentara a este infalible sistema de evaluación mis sentimientos de arraigo me ‘quedarían’ para septiembre.

El sentir como propia otra tierra distinta a la de nuestro nacimiento es algo común que ha dado lugar al tradicional “uno no es de donde nace, si no de donde pace“. Antiguamente no quedaba otra para el que se iba, pero hoy en día los transportes y medios de comunicación nos permiten ir y volver, conocer otras culturas, países y formas de vida. Esto, a su vez, provoca que no ‘residamos’, no ‘conozcamos’ ni nuestra ciudad ni el pueblo de al lado y que nos asomamos al balcón para mirar al cielo o saludar a nuestros vecinos. Puede que de tanto viajar los jóvenes nos sintamos tan bohemios, tan internacionales, que necesitemos cambiar constantemente de ciudad, de casa, de gentes. Quizás entonces ese ser ciudadanos del mundo nos lleve a no tener arraigo… o a poseer uno global. Quizás tengamos desapego de determinadas ciudades por una necesidad incesante de libertad, de amplitud interior o, como buenos españoles, de sentirnos miembros de un país diferente al nuestro. Quizás simplemente llega un momento en nuestras vidas en que necesitemos volver a empezar en o otro lugar o que queramos eludir responsabilidades y compromisos o necesitemos aferrarnos a algo o alguien allá donde esté. Quizás la globalización, la eliminación de fronteras y el mestizaje mengüen esta sensanción y la conviertan en un concepto arcaico. Quizás eso del arraigo ya no existe; quizás cada uno ya no es ni de donde nace ni de donde pace.

En mi caso, viva en Madrid, pazca en Londres o viaje por el mundo, solo experimento una sensación de pertenencia, unión y fuerte conexión personal cuando ‘estoy en casa’ y un no poder olvidar cuando estoy lejos. Lo paradojico es que en ocasiones, fuera de España, lo olvido. Llámenlo arraigo. Llámenlo X.

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