Vivimos en un mundo pletórico de datos, frases e iconos. Hablamos de la ‘Sociedad de la información‘ sin apreciar la apabullante y diversa cantidad de estos elementos de la que disponemos, la omnipresencia de los instrumentos de información, su irradiación y velocidad y sin aceptar que formamos parte de una ciudadanía pasiva abrumada ante la dispersión y abundancia de mensajes y la ausencia de capacitación y reflexión suficientes sobre estos temas. El conocimiento o posesión de toda esta información carece de valor sin la capacidad de un adecuado procesamiento, asi como contar con los medios para un tratamiento óptimo de dichos datos resulta inservible sin éstos. Para esta labor contamos con la combinación de los dos mejores elementos: el ser humano y la tecnología.

No cabe duda de que el desarrollo y capacidad tecnológica es increíble y rara vez conflictiva consigo misma. Sin embargo, el individuo social entra en conflicto con la también omnipresente emocionalidad que encontramos en la dimensión valorativa que acompaña cada cognición, motivación, interpretación de la realidad y escala de valores y actitudes. En cada acto humano, por más racional que parezca, lo emocional siempre juega; lo que confirma aquello de que no somos animales racionales sino animales racionalizadores.

Si consideramos el enorme desarrollo de la inteligencia artificial, su incorporación a las nuevas tecnologías y, como consecuencia, el nacimiento de la capacidad racionalizadore de las máquinas, ¿qué sucede con la definición del hombre como animal racional? ¿Se convierten estas máquinas en artefactos racionales? La diferencia está clara: las computadoras no sienten, los hombres sí. Entonces, tal vez, de acuerdo con esta nueva cultura, deberíamos proponer una nueva definición del hombre: no ‘animal racionalizador’ sino ‘máquina afectiva’.

Personalmente no sé por cual de ellas declinarme. Phineas Gage, cuyo cráneo fue atravesado por una barra metálica que lo lanzó a 30 metros en 1848 tras una explosión y que a los 2 meses recibió el alta médica en perfectas condiciones, desafió a la primera de las definiciones cuando, a pesar de mantener sus facultades racionales tran el accidente, el equilibrio entre su facultad intelectual y sus propensiones animales se destruyó por completo.

El cráneo, la barra y el desafío a la razón

Aceptar la segunda es tentador. Supongo que la confluencia de razón y sentimientos es algo muy real, sin embargo no creo que podamos admitirla si queda totalmente devaluada al mirar el mundo en qué vivimos. Lejos de debates políticos o conflictos internacionales de nivel cultural, un claro ejemplo de absurdo irracional con máscara de razocionio racionalizado tiene nombre propio en casa: el canon para la defensa de la propiedad intelectual de la S.G.A.E., o lo que es lo mismo, la defensa de que las nuevas tecnologías, internet y el desarrollo de los sistemas informativos destruyen el valor de sus contenidos (¿se tratará de pseudoluditas escasos de escrúpulos movidos por el mero interés económico? Seguiremos esperando apreciar el fundamento doble de alentar nuevas creaciones de carácter intelectual y el funcionamiento adecuado del mercado que se esconde detrás de dicho canon y no el actual efecto adverso en el goce de los derechos concedidos como los derechos garantizados por la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la violación de la supremacía cultural y de la información que en estos casos debe primar)

Debemos estar alerta ya que estos enemigos de la cultura libre  pretenden que se nos identifique en la red por nuestros datos personales en vez de por el Protocolo Internet (IP) de carácter numérico y de difícil memorización. Muy racionalizador.

Ejemplo de ser 'racionalizador'

Defendería orgulloso la tercera proposición, pero asumir por definición la afectividad del ser humano y la concepción de este como ‘máquina’ me parece motivo suficiente para no hacerlo. Si además la identificación maquinal conlleva consigo cualidades como eficiencia, efectividad o superioridad basta con rememorar el caso del ajedrecista Garry Kasparov contra la computadora de IBM Deep Blue para cuestionarlas. En 1996 Kasparov derrotó a la supercomputadora Deep Blue de la IBM en el sexto y final juego de una batalla de inteligencias que fue considerada la prueba más grande entre un hombre y una máquina. La raza humana había ganado y Kasparov había demostrado un control de estrategia mucho más allá de las aplastantes tácticas de fuerza bruta de la máquina. Deep Blue podía calcular 100 millones de posiciones por segundo, pero carecía de la sensibilidad necesaria para apoderarse de la sutileza del juego posicional.

Al año siguiente IBM realizó un gran esfuerzo económico y la evolución tecnológica permitió un gran desarrollo de la inteligencia artificial de Deep Blue, que podía evaluar 220 millones de posiciones por segundo (Kasparov solo 3). La máquina se llevó la batalla en el sexto juego en tan sólo 19 jugadas. Lo que parecía imposible hace décadas acababa de ocurrir: una computadora había conseguido derrotal al mejor humano. Kasparov no aceptó la derrota y se quejó de que el sistema había recibido ayuda humana ya que “las computadoras no pueden jugar como lo ha hecho”

Máquina afectiva vs Máquina casi-efectiva

A pesar de que el comportamiento racional siga vigente (Google va a lanzar su propio servicio de ebook después de  haber desarrollado durante años el proyecto Google Books Library, ¿alguien da más?), y de que Kasparov llegó a ser una máquina afectiva (sin embargo él no evolucionó como su rival informático y como la tecnología lo hace día tras día y quedó obsoleto) todo indica que habremos de aceptar que las personas, a día de hoy, no somos más que animales racionalizadores (al igual que, solamente en la teoría, Ramoncín)

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