Idealismo distópico

Deja un comentario

Los que nos llegamos a creer eso de ser idealistas, tendemos a enmarcar todo en un escenario idílico y sin fisuras, que entra en el terreno de lo utópico, y a criticar aquello que amenaza el ‘perfecto’ que defendemos en el que el devenir no nos depara sino un futuro feliz en una sociedad en la que cada persona tiene satisfechas sus necesidades básicas y vive bajo el amparo de un gobierno benévolo implicado en mantener el orden y bienestar social, o bien, no hay gobierno o no se presenta bajo la despreciable forma que conocemos a día de hoy.

Cuando hacemos referencia a ‘1984’ para establecer paralelismos en el plano social y psicológico de nuestra sociedad actual, obviamos las bases que establece la obra:  opresión hasta los topes en una sociedad individualista, desconfiada y hermética al ciento y bajo un ente gubernamental tremendamente autoritario. Lo que llamamos distopía.  Lo más significativo es que los artífices y/o preservadores de tan extrema situación presentan a los miembros de esa sociedad este estatus como el más conveniente, óptimo y adecuado para el conjunto de sus ciudadanos. La más pura y auténtica de las utopías. Así, mientras creemos vivir en libertad absoluta nos rendimos a una sumisión definitiva. El sueño de todo gobernante.

Sumisión

Lo cierto es que la historia ha demostrado que la posibilidad de injertar el “pensamiento utópico” en una organización política real desemboca en una tentativa abocada al fracaso: ahí tenemos una doble Revolución Industrial, la Revolución Francesa, las naciones comunistas o las guerras americanas “de indios y vaqueros”.  Un estadio inalcanzable en el que persistirán las clases y cuya existencia queda relegada para la literatura de ficción, en plumas como las de Tomás Moro o Samuel Butler, sobre viajes lejanos o territorios desconocidos en los que cohabita cualquier ideal con el modelo propuesto.

La reacción al doloroso desengaño es el reinado de la distopía, repleta de manos dispuestas a limitar los derechos de los individuos y a manipular su percepción de la realidad hasta que, bajo el influjo de una terrible represión (como conjunto de actos que emanan del poder para detener o castigar con violencia actuaciones políticas o sociales), se creen en posesión de una falta total de sujeción y subordinación a la misma.

porraquetapalastorturas

Este es el contexto en el que se sitúa la obra de Orwell (y otras también notables como ‘Un mundo feliz’ de Aldous Huxley) y del que partimos para el análisis. Un contexto que no dista en demasía al de la sociedad de hoy. El actual orden político está encaminado a lograr la alineación de los ciudadanos, a hacernos incapaces de pensar por nosotros mismos y a anular nuestra capacidad de reacción e impulso de réplica. Nos confiamos ciegamente a una inculta e interesada clase regente, permitimos sus excesos, consentimos sus mentiras y aplaudimos sus abusos. La necesidad de ser gobernados por un organismo superior que debiera suplir nuestra incapacidad para la toma de decisiones y nula capacidad de discernimiento nos transforma en harapientas marionetas de partidos corrompidos desde las bases. Así lo externo es amenazante y nuestra suficiencia insuficiente, se cree vivir en la ausencia de falta, se culpa a los demás de nuestros problemas y errores e hipotecamos lo que antaño llamaban ‘poder del pueblo’. Y si por el camino perdemos la cualidad del ser humano para razonar, jugada redonda.

marionetas

Como en la Oceanía del ‘Gran Hermano’, existen medios coercitivos con los que estos lobbies se aseguren el control sobre todo y todos. Algunos son fácilmente identificables, como:

Medidas represivas como tasas impositivas, máximos legales o leyes que limitan nuestra libertad en pos de aquellos que benefician a los que ocupan los sillones de poder.

– La guerra contra un enemigo exterior causante de todos nuestros males, porque ¿cómo iba a ser culpa de nuestros venerables dirigentes? Llámenlo U.S.A., comunismo, Merkel. zombies… amenazas que requieren de un regazo protector que nos mantenga a salvo.

– La criminalización de esos ‘rebeldes’, ‘agitadores’ o ‘desviados’ que no aceptan la normativa impuesta. Seres negativos, nocivos,  despóticos, expoliadores y destructivos a los que nunca debemos escuchar ni, mucho menos, seguir.

– La difusión de la “verdad” que orquesta los medios de comunicación mediante una manipulación de las masas para configurar como cierta la realidad que dicta el gobierno. Medios que viven de favores políticos y que son meras herramientas de difusión ideológica, sesgados en pruebas y tertulias de ‘intelectuales’, plagadas de fantoches y casposos,  y que el influenciado público cree y defiende en bloque como ovejas de un rebaño de imbéciles sin sesera. La única manera de perpetuar estos regímenes es falsear la realidad y perpetuar la mentira.

– La fulminación de costumbres, arma de progres y no tan progres. Lo que le funciona a los de arriba no ha de cambiar y esas han de ser las nuevas tradiciones. Sin ética ni transparencia en el proceso, permanecerá lo que evoque un recuerdo en el que nunca se abuse de nosotros.

20101005elpepivin_3

Es evidente que, en múltiples ocasiones, ejercen contra nosotros un autoritarismo sin miramientos en el que hay ausencia de una auténtica opinión pública y no se registra ninguna institución objetiva de participación ciudadana con el pretexto del voto inútil. Es más, la gran mayoría de los votantes de este inflexible sistema son masas de incultos en el plano político (mejor no valorar aspectos culturales) que, muy presumiblemente, no superarían el corte en un sistema de voto censitario.

En la novela se puede leer algo como: “quien controla el presente, controla el pasado. Quien controla el pasado, controla el futuro.” Seguiremos sin cansarnos de escuchar mentiras, leer absurdeces, consentir abusos y olvidar sucesos deleznables. Sin embargo, el idealista puede ignorar la realidad, pero no las consecuencias que tiene ignorar la realidad.

Recuerden que el liberalismo, esa teoría sobre la justicia cimentada en los derechos del individuo, es una cuestión de ética y no de política. Tal vez los políticos no sean el problema, sino la propia política. Y el precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres. Viviremos en 1984 y, al final, la verdad nunca habrá existido; aunque, mientras la recordemos antes de su total extinción, podremos PLANTAR CARA.

Anuncios

El experimento del Buen Samaritano

Deja un comentario

Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y pasó de largo. También llegó a aquel lugar un levita y, al verlo, se desvió y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos monedas de plata y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo, le dijo, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando vuelva.” 

Cuando los psicólogos John Darley y Daniel Batson se hallaban inmersos en la investigación del conformismo social, siguiendo las líneas de Ash y Milgram, introdujeron en el juego una variable que había pasado desapercibida en anteriores experimentos: la religión. ¿Serían las personas religiosas más sensibles a los estímulos sociales? ¿Podría un modelo de vida basado en valores religiosos modificar la naturaleza original del ser humano?

Partieron de la hipótesis de que las personas religiosas resultarían más propensas a ofrecer ayuda a los demás y que lo serían en mayor grado en cuanto buscasen con su fe dar sentido a su vida. Buscando el conflicto, ampliaron el conjunto supositorio con el planteamiento de que las personas en situaciones de tensión o con un tiempo de acción/reacción ajustado brindarían menos ayuda que las que no estuviesen sometidas a presiones temporales o situaciones estresantes, demostrando así la no afección de pensamientos religiosos a la conducta humana en mayor grado que pensamientos de cualquier otro campo.

Con el pretexto de un estudio sobre educación religiosa, y tras un proceso de filtrado, seleccionaron a 67 seminaristas del Princeton Theological Semminary a los que encargaron, divididos en dos grupos, preparar un sermón sobre la parábola del Buen Samaritano y sobre las oportunidades laborales del seminario, respectivamente, que debía darse en un edificio diferente y apartado del que se encontraban. A los participantes se les concedieron tiempos diferentes para llegar al punto de encuentro y entregarlo, por lo que algunos realizaron su tarea a toda prisa y apenas contaban con el tiempo justo para llegar puntualmente y otros contaron con tiempo suficiente para todo el proceso.

En el camino se encontraron con un hombre desplomado en un callejón cercano. Tosía al paso de los participantes y parecía necesitar atención urgente. Pues bien, del primer grupo tan sólo el 10% prestó algo de ayuda, frente al 63% que lo hizo del grupo más relajado. Sin entrar a valorar lo triste que es que la cifra no se acercase al total en ambos casos, se puede ver como una cantidad de tiempo límite influenciaba en el comportamiento de ayuda mientras que la variable tarea no determinaba diferencias notables entre ambos grupos. No hubo correlación entre ‘sujetos religiosos’ y el comportamiento de ayuda, aunque sí se apreció que la variable ‘religión como una búsqueda’  hacía de ese grupo el de mayor propensión a prestar una ayuda sustancial similar a la del samaritano en la parábola. No obstante, las entrevistas posteriores de los examinadores con los ‘seminaristas insolidarios’ arrojaron un resultado interesante: se reconocía una decisión consciente de no detenerse a prestar ayuda, es decir, se percataron de un dilema socio-ético. Otros, centrados en su persona y cometido, admitían haber visto a la persona en apuros pero no reflexionar sobre la situación, con lo que, al no empatizar con la problemática de la víctima, no se planteaban dilema ético alguno.

buen samaritano

Nuestra escala de valores presenta una jerarquía que no es inmutable si no que varía frecuentemente y modifica nuestra manera de actuar influida por la situación en la que estemos involucrados y las necesidades que experimentemos. Desgraciadamente, esta es la nota predominante en nuestra sociedad, donde la creencia de necesidad, el egoísmo y el más insolidario de los carpe-diem alimentan nuestro ego hasta enaltecerlo al máximo. Nos da igual ‘el otro’ mientras nosotros salgamos beneficiados y podamos llevar a cabo la empresa que creamos necesitar y que justificamos modificando sin remordimiento alguno esa superficial y plástica escala de valores.

hipocresia-2

La prisa… qué hipócritas somos. ¿Cómo se pueden alabar unos valores si ni nosotros mismos los asumimos? El sacerdote y el levita, importantes religiosos, se comportaron como falsos santurrones; mientras que un samaritano, despreciado por las ‘buenas gentes’, fue el menos fariseo y el más humano. El pensamiento acerca de las normas no implica que vaya a actuarse en consecuencia. ‘La ética es un lujo cuando el ritmo cotidiano de nuestras vidas aumenta’. Al fin y al cabo, hacer un discurso sobre la solidaridad no te convierte en más solidario. Ni siquiera durante ese tiempo.

El dilema del erizo

Deja un comentario

“Un erizo quería estar cerca de sus amigos, que le comprendieran y se preocuparan por él. Pero cuanto más cerca estaba de los demás, más se lastimaba y más daño les hacía”. 

Esta pequeña historia recuerda a la parábola del grupo de erizos que en un día muy helado sentían simultáneamente gran necesidad de calor y, cuanto más se acercaban buscando la proximidad corporal de los otros, más dolor se infligían a causa de sus púas. Sin embargo, debido a que el alejarse va acompañado de la sensación de frío, se veían obligados a ir cambiando la distancia hasta que encontraban la separación más soportable. Este dilema muestra como las personas herimos a los demás y nos lastimamos a nosotros mismos como consecuencia de nuestra imperfección e incomprensión, de defectos naturales en el ser humano como las púas lo son al cuerpo del erizo.

erizopuas

Desde que nacemos, el subconsciente sabe que no podremos satisfacer nuestras necesidades humanas sin interaccionar con los demás. Sin embargo, el desarrollo de un carácter ligado a una escala de valores que rige nuestra vida nos permite darnos cuenta de un constante herirnos a causa de ello y nuestro subconsciente abogará por mantener las distancias en este desarrollo relacional; algo difícil cuando se es social por naturaleza. Cuando somos heridos por lo ajeno el camino más rápido es el aislamiento, ese caso omiso cuya puesta en práctica requiere pararse a analizar si hemos elegido la negación como refugio más seguro o llegamos a alcanzar una auténtica y arraigada convicción del estado mental que estamos adoptando. Peligroso es cuando esto último se da inmediatamente después de que lo primero suceda porque estaremos abriendo la puerta de nuestra vida a la mentira, una invitada indeseable que nos obligará a engañarnos huyendo de lo espinoso en lugar de hacerle frente.

Este enfoque individualista sería completamente erróneo al incluir a nuestro animal en el conjunto del grupo, al igual que las personas formamos parte de la sociedad en la que vivimos. Este aspecto lo aborda de manera brillante este dilema del erizo: cuanto más próxima es la relación entre dos seres, cuanto más se acentúa el proceso de unificación de dos vidas, más probable será que se hagan daño el uno al otro. Es más, cuando el ‘tú’ y el ‘yo’ empiezan a mutar y se transforman desde el ‘tú y yo’ en ‘tú + yo’, se alcanza un estado en el que ese lastimarse del que hablamos será insoportablemente doloroso. Un dolor que se agarra hondo y nos conduce a vergonzosos estados mentales,  despreciables posiciones morales y lamentables actuaciones regidas por desconocidos impulsos internos. Pero este dilema no hace referencia exclusiva a relaciones sentimentales si no que se aplica para ese proceso de pertenencia al grupo según las categorizaciones sociales por las que organizamos nuestro medio diferenciando a quienes se nos parecen de quienes no, agrupándonos así con los que reúnen ciertas características y apartándonos de los individuos con los que no nos identificamos. Es decir, propiciando un acercamiento con aquellos que pensamos tienen menor probabilidad de lastimarnos por considerarlos de la misma “especie” a la nuestra. (De esto ya hablamos en roles y estatus sociales)

Por el contrario, si las personas esquivan este camino y optan por mantenerse alejados, tendrán que soportar la soledad. Pero, ¿somos capaces realmente de soportar esta ausencia de calor humano? Podemos aceptar la soledad como una distancia de seguridad con la que hallarnos a salvo, pero no vivir aislados.

ind

Al leer esto imaginarán ermitaños, marginados, creepers o seres dramáticos rebosantes de pena. Pero cada uno de nosotros somos erizos cuando, aun sin rechazar a las personas, huimos de las relaciones serias, sentimientos puros o fuertes compromisos sociales como si fuésemos a ser ferozmente devorados por un terrible depredador inmune a las púas de nuestra coraza. En ese momento se comienza a ofrecer la espalda a la realidad y optamos por no enfrentarnos a aquello que podría llegar a hacernos más daño del que estamos dispuestos a asumir. Ni damos ni recibimos.  Esta huida llega a ser tan cobarde que centramos nuestros esfuerzos en una evolución anti natura que endurezca nuestras espinas hasta el extremo de no llegar a sentir calor alguno como defensa a las amenazas que veremos allí donde tengamos a bien mirar.

Y es tan peligrosa esta huída, esta evolución, que muchos convierten la mentira en un modo de vida donde se desenvuelven con tal soltura que se sienten íntegramente a salvo cuando, en realidad, son más vulnerables de lo que jamás lo fueron. Estos individuos que confunden dureza con fortaleza, que se sienten poderosos y superiores y hacen alarde de un autocontrol que parece dotarles de invencibilidad, no son más que inválidos sentimentales y desvalidos sociales resignados a aceptar problemas y adversidades; perfectos jugadores de riesgo cero. ¿Es que podemos ser más fuertes que estas adversidades de la vida cuando nos rodea un mundo indiferente y un ser social capaz de odiar a otros? Buscando la invulnerabilidad podremos obviar lo imperfecto que es el mundo pero jamás superaremos nuestra imperfección. Seremos fríos, egocéntricos, reacios e inaguantablemente idiotas. Papel roca que se cree hormigón armado.

Al olvidarnos de sorprender y preferir intimidar, el mundo no nos maravilla y acogemos a la gente con un ‘¡adiós!’ tan cálido como punzante. Así, victimas de las heridas, creemos ganar en fortaleza cuando solo acumulamos dureza que nos empuja a vivir en una independencia que no es síntoma más que de carencia y desequilibrio. Es fácil permanecer invicto cuando no se afronta ninguna batalla.

Hay que luchar por finales felices sostenidos sobre ilusiones y esperanzas y no desfallezcamos por ingenuas que éstas parezcan resultar. El caso del matemático inglés Andrew Wiles, que dedicó los mejores años de su vida a la demostración del Último teorema de Fermat (1601-1665), en la que invirtió años de estudio, sacrificios y esfuerzos para superar obstáculos e inventar de la nada modernas técnicas matemáticas para fracasar estrepitosamente en 1993, es un claro ejemplo de lucha y de un hombre que persiguió el sueño de su vida a pesar de las afiladas púas a las que se enfrentaba en forma de contratiempos y experiencias previas plagadas de fracasos.

“Uno entra en la primera habitación de una mansión y está en la oscuridad. En una oscuridad completa. Vas tropezando y golpeando los muebles, pero poco a poco aprendes dónde está cada elemento del mobiliario. Al fin, tras seis meses más o menos, encuentras el interruptor de la luz y de repente todo está iluminado. Puedes ver exactamente dónde estás. Entonces vas a la siguiente habitación y te pasas otros seis meses en las tinieblas. Así, cada uno de estos progresos, aunque a veces son muy rápidos y se realizan en un solo día o dos, son la culminación de meses precedentes de tropezones en la oscuridad, sin los que el avance sería imposible.” A. Wiles.

No podemos huir. Siempre seremos conscientes de lo que realmente estamos haciendo y seremos víctimas resignadas y llenas de dudas de nuestra propia frustración y de un orgullo con olor a vergüenza y anhelo cobarde por no cambiar aunque se nos exija avanzar. La vida es riesgo así que ARRIÉSGUENSE. Levántense después de cada golpe. Den y reciban; aunque a veces hiramos y otras nos hieran. Luchen; como luchó ese matemático que, en 1995, solo dos años después de caer de la manera más dolorosa, superó la teoría de la imposibilidad y alcanzó la gloria tras exponer la ansiada y brillante demostración para un teorema que se le resistió a las mejores mentes durante más de 350 años.

Riesgo y Victoria

Pequeños avances

Deja un comentario

Dicen que la humanidad solo progresa gracias a los grandes avances: aquellos que, como la física electrónica, la ciencia embriónica o la medicina biónica, han permitido al hombre poner el pie en la Luna o cocinar seres humanos en la turbo-mix de modernos laboratorios y mejorar sus funciones vitales con componentes robóticos salidos de los fogones a las manos de las mentes más prodigiosas.

Quizás por ello, la humanidad, solo desprecia a los pequeños avances: aquellos que, como las lentes de contacto, el sistema de numeración indoarábigo o el lenguaje universal, no han supuesto más que adelantos considerados casi minúsculos y que simplemente han permitido al hombre ver con más claridad o hacer iguales cálculos y decir las mismas tonterías en cualquier parte del mundo.

Sin un lenguaje universal

Decía el aristócrata francés Hérault de Séchelles en su Teoría de la Ambición, de 1788, que hay, en las operaciones del intelecto, algo de fortuito para quienes piensan sin método; pero que para el que medita y no desprecia los pequeños avances, la inestabilidad del escenario y la mediocridad de los actores serán obstáculos menos abruptos.

Se piensa que lo más útil es lo inmediatamente práctico y no se consideran las ciencias con aplicaciones al espíritu, esas que realmente configuran al hombre. Dicen que resultamos más competitivos, pero cada vez somos menos humanistas. Por ello infravaloramos los pequeños avanceslos mismos que mejoran vidas y sin los cuales no habrían acabado las grandes obras de una humanidad que no repara en ellos.

Traten de multiplicar MDLXII x CXLI.Intenten vivir sin tener capacidad de ver el mundo o sin poder decir te quiero. Son los pequeños pasos los que hacen grandes avances. Yo, me quedo con ellos. Al fin y al cabo, nunca pisaré la Luna.

Comercio social: e-commerce 2.0, m-commerce y f-commerce

Deja un comentario

Hablaba en este blog hace un par de años del papel del e-commerce en el desarrollo estratégico de la empra moderna (ver entrada: ¿e-commerce o e-business?) y pecaba de acotar su utilidad real al análisis de herramientas beta en Internet para su mejora global y a al feed back informativo y mediciones varias. Error.

En estos dos años las ventas minoristas a través de esta vía han crecido con tasas de dos dígitos trimestre tras trimestre. Dos años que no solo han consolidado la compra en el terreno online si no que la han otorgado un papel protagonista en la toma de decisiones corporativas, situado en primera línea de herramientas y canales de venta y convertido en ariete de asedio para la penetración comercial en otros países con unos costes mínimos (siempre de la mano de un eficiente Suply Chain Management con una logística bien medida). En definitiva, dos años para desarrollar un e-commerce 2.0.

Pero, ¿cuáles han sido las claves para esta exitosa evolución?

Descartado un paralelismo con un buen ‘Bierzo’, precio y comodidad sobresalen sin  lugar a dudas. Las compañías suelen ofertar precios más económicos y hasta el 52% de las transacciones que realizamos incluyen envío gratuito; lo que unido a conocer a distancia condiciones de compra, facilidades de pago, detalles técnicos y opiniones, recomendaciones y experiencias de otros usuarios hacen la labor realmente cómoda. Quien niegue Quienes neguemos estos dos factores como determinantes fundamentales de compra, mentimos. Ahorrar y poder hacer click desde el sofá de casa gusta (y mucho).

Si a un diseño web atractivo y profesional con una página optimizada para buscadores, intuitiva y de textos fáciles, en la que se proporcione la información deseada, manifieste la satisfacción de los clientes, se incentive a (re)visitarla (promociones, información actualizada, nuevos productos, etc.) y en la que se conozcan sus garantías de compra le añadimos estos dos ingredientes clave, el resultado será exitoso.

Unido al recién comentado concepto de comodidad no podemos pasar por alto el rol que smartphones y tablets juegan en el auténtico boom que está experimentado el comercio electrónico a través de dispositivos móviles o m-commerce. Un mercado que sí en 2009 solo había facturado 1.200 millones de dólares a nivel mundial, ve sus previsiones para 2015 aumentadas hasta los 119.000 millones.

Estos dispositivos permiten el acceso a información sobre productos y servicios, críticas, chats online, cupones de descuento basados en la geolocalización, situación de los puntos de venta en mapas online, comparaciones multicriterio, etc; lo que se traduce en que el 51% de los usuarios de estos bichos estemos más predispuestos a realizar compras en tiendas con webs específicas para internet móvil, llamadas m.sites, o a través de apps que aporten un valor añadido. Sin embargo, y debido fundamentalmente a que sólo el 4,8% de los comercios cuentan con este tipo de webs (lo que supone un problema básico de interacción) el porcentaje que las hace efectivas baja hasta el 18% -10,5 millones, frente a los más de 56 millones de consumidores-. Este valor añadido junto con gamificación, geolocalización, códigos QR y el desarrollo de la tecnología Near Field Communications (NFC) serán los puntos básicos para lograr el engagement deseado.

El crecimiento del e-commerce y revolución del m-commerce ha llevado a la explotación de todos los elementos posibles con presencia y persistencia en la vida del usuario consumidor. Un usuario que es solicitante de información en la red para preparar la compra a través de análisis de productos y comentarios de otros consumidores, de ofertas a través de todos los canales online disponibles y comprador más interesado en comprar cuando está en la red, pero cuyos intereses no están limitados a las transacciones online.

Con este escenario no podían faltar en nuestra causa las redes sociales como un elemento revisado, mejorado y adaptado para el comercio electrónico. Facebook, Twitter, Linkedin y demás canales sociales son un vehículo fantástico para promover productos o servicios y medir las conversiones de los mismos. La mayoría de estos canales ofrecen tanto la vertiente publicitaria como diferentes recursos con los que las empresas pueden analizar el customer journey y conocer con precisión la interactuación de los consumidores con la marca a cada paso del proceso de la decisión y ejecución de compra. Con esto es sencillo generar una masa crítica de compradores potenciales y reales que podrán interactuar con ellos conociendo, mediante su seguimiento (no olviden que una vez dentro de estas redes estamos bien fichados), la individualidad del sujeto y monitorizando su comportamiento para obtener una mayor segmentación y desarrollo de su oferta en base a sus necesidades e intereses específicos.

Y si hay una estrella en la vertiente social del e-commerce no es otro que Facebook. Las empresas desaprovechan una gran oportunidad si no apuestan por un canal en el que tienen seguidores fieles a sus marcas y que permite cubrir cuestiones de gran interés y potencial aplicables al fenómeno del social media del que hablamos. Por un lado, ofrecer la usabilidad y experiencia de una red social en la que el consumidor puede pasar horas, un entorno que le genera familiaridad y confianza. Por otro, aprovechar la integración social para poder convertir la compra en una experiencia de recomendación o confirmación a través de la red del usuario. Una red tan sumamente relevante que a este tipo de comercio se le denomina f-commerce (Facebook commerce) y f-shops a las páginas de venta corporativas.


La aerolínea Delta fue una de las pioneras en ofrecer una experiencia de compra completa y personalizada a través de la red social con la venta de billetes de avión multicriterio, pero el caso más exitoso es sin duda el de Starbucks. ¿Imposible vender “café” online? Desarrollaron la aplicación e-Gift a través de la cual cualquiera puede enviarle un regalo virtual y el proceso está habilitado en plataforma CRM (recarga de tarjetas de fidelidad / tarjetas de pago vía Facebook). Españolas como Privalia, Centrovisión o grupos como Love of Lesbian también ocupan un lugar destacado.

Sin embargo, y pese a las muchas oportunidades que el f-commerce pone a disposición de las marcas, éstas no deben olvidar que éste implica también una serie de riesgos. Los principales obstáculos del son el aumento de los nichos, las recomendaciones negativas, la debilidad de las políticas de precios en Facebook, los pagos por comisiones, la venta directa de marcas, la pérdida de tráfico y la mayor complejidad de la acciones de marketing en este canal.

El f-commerce no ha hecho sino empezar a andar, pero parece tener un próspero futuro por delante, con previsiones para 2015 de un volumen de ventas en todo el mundo de más de 17.000 millones de dólares. Es por esta razón que las empresas se encuentran con la “necesidad” de vincular la experiencia de usuario en Facebook con la venta, concibiendo la compra de productos como consecuencia de la actividad del internauta en la red social.

Así que vemos cambia la naturaliza del medio del proceso de compra-venta. Mientras que el e-commerce ubica el proceso de compra en la web, el social commerce genera una interacción fluida entre el entorno web y las redes sociales. El consumidor se sitúa en el epicentro del acto de compra y se da solución a la estaticidad y unidireccionalidad del canal del e-commerce, en el que el consumidor decidía comprar o no partiendo de la información dispuesta. Con la integración de las redes sociales en el punto de venta, abrimos la puerta a un canal de comunicación mucho más fluido que facilita la interlocución entre los comerciantes y consumidores, y entre usuarios; fortalecimiento el vínculo entre marcas y consumidores. Los problemas de desconocimiento del cliente y de la oferta genérica quedan también reparados gracias al grafo social.

Pero lo verdaderamente asombroso es que el desarrollo y calado del consumismo social ha llegado a tal punto que poca conciencia tienen que tomar las empresas de tanto potencial. Hoy las acciones comerciales no son consideradas una intromisión y parecen ser bien aceptadas si trasmiten el valor agregado de la experiencia del consumidor. Hoy las tiendas están en nuestros bolsillos.

Empezaré a considerar los paseos por tiendas de ladrillo y mortero una de mis manías bohemias. Casi tanto como la tan española ‘cultura de tocar’. Casi tanto como la de leer libros con páginas de papel. Casi tanto como la de ‘comprar por Internet’.

Mis 'tiendas' preferidas

La Paradoja de Arrow y el lobo feroz

Deja un comentario

Tras las oleadas de indignación sociopolítica y las indignantes oleadas de propaganda político-social vividas este año asistimos en España, una vez más, a los prometedores anuncios de armonía y de satisfacción con este gobierno y su programa para todos. Promesas y promesas. Una herramienta que cala en nuestro subconsciente y funciona muy bien en una sociedad que, paradójicamente, es buena conocedora del cuento de ‘Pedro y el lobo’, pero que parece olvidar la fábula de ‘El lobo y los siete cabritillos’ya saben, aquella en la que las apariencias y el exceso de confianza de los animalitos permiten al feroz depredador llenarse bien el estómago gracias a la audacia, el engaño y la inocencia de sus víctimas.

Decía el economista  Kenneth Joseph Arrow en su Teorema de la Imposibilidad que una sociedad necesita acordar un orden de preferencia entre diferentes opciones, mecanismo que se antoja complicado si tenemos en cuenta que cada individuo en tiene su propio orden de preferencias personales. Así afirmaba que para lograr esta función de selección social que satisfaga al mayor número posible de miembros de una sociedad ésta ha de cumplir las propiedades de:

  • Dominio no restringido o universalidad: ordenar y procesar todos los órdenes de preferencias individuales para establecer un orden global.
  • No-imposición o soberanía del ciudadano: este orden no debe ser impuesto sin atender a nuestros órdenes.
  • Ausencia de dictadura: considerar a todos los miembros de la sociedad en la fórmula de esta función.
  • Asociación positiva de los valores individuales y sociales o monotonía: si un individuo modifica su orden de preferencia al promover una cierta opción, el orden de preferencia de la sociedad debe responder promoviendo esa misma opción.
  • Independencia de las alternativas irrelevantes: a cualquier conjunto de opciones individuales se le ha de aplicar la función de selección social de manera que si el resultado no fuese compatible con el que se obtendría para el conjunto de opciones completo no debieran tener impacto en el ordenamiento global.

Lo curioso de esta paradoja es pensar que podemos lograr la ansiada función de manera que alcanzásemos con ella una apacible sociedad moderadamente organizada y medianamente satisfecha cuando el propio teorema reconoce que si el conjunto que toma las decisiones tiene al menos dos integrantes y al menos tres opciones entre las que decidir es imposible diseñar una función de selección social que satisfaga simultáneamente todas estas condiciones.

En nuestra sociedad democrática, es el propio sistema de votación y elección el que está lejos de ajustarse a los parámetros mencionados. Sin entrar en valoraciones ni críticas concretas, contamos con partidos cimentados en ideales y programas tan diferentes que el mero hecho de que uno pueda gobernar el país en solitario por mayoría de votos resulta desconcertante. Un partido A podría alzarse con la presidencia aunque la suma de las papeletas del partido B y partido C (o de todos los demás) fuese mayor, es decir, a pesar de que la mayoría de los votantes no estuviesen de acuerdo con el programa de A. Ante esta situación, los choques entre el orden global que se establezca para la comunidad y el orden individual serán más frecuentes y de mayor alcance y brusquedad.

¿Remedio? Actuar o confiar. Actuar todos para lograr un buen gobierno o confiar en eso de “un buen gobierno para todos”. (Por cierto, ¿Qué querrán decir realmente con esta coletilla? ¿Qué nos tratarán en conjunto de la misma manera acierten o no o quizás que ejercerán el poder sobre nosotros irremediablemente por mucho que nos opongamos?). Confiar, en definitiva, en que cumplan sus abundantes promesas.

En el escenario descrito, pongamos a modo de ejemplo una votación en el Congreso de los Diputados entre tres propuestas diferentes: A, B y C. El resultado, contando con los 350 miembros de esta cámara y basándonos en el reparto de escaños existente tras las elecciones generales de 1993, serían:

– 159 congresistas votan A, y prefieren C antes que B (A > C > B)

– 141 congresistas votan B, y prefieren C antes que A (B > C > A)

– 35 congresistas votan C, y prefieren B antes que A (C > B > A)

– 5 congresistas votan C, y prefieren A antes que B (C > A > B)

Se aprobaría la propuesta A con 159 votos sobre B con 141 y C con 50 (A > B > C).

Sin embargo, y aplicando una comparación por pares, podemos observar como:

– 176 prefieren B > A contra 174 para A > C

– 209 prefieren C > B contra 141 para B > C

– 191 prefieren C > A contra 159 para A > C

Lo que arrojaría unos resultados de preferencia mayoritaria de C > B > A; exactamente lo contrario que lo aprobado por votación simple.

Con un sencillo ejemplo (que también se podría aplicar a la elección de partidos políticos en las urnas) es fácil apreciar el estado de incoherencia que rige la modelización de la función de elección social desde el momento inicial.

Por lo tanto, y puesto que esta paradoja incluye el alcance del Óptimo de Pareto por el que si cada individuo prefiere una cierta opción a otra así lo debe hacer el orden de preferencia social resultante, hay que aceptar como máxima indiscutible que no es posible diseñar un sistema de votación que permita generalizar las preferencias de los individuos hacia una preferencia global comunitaria, la incoherencia entre las preferencias entre el orden de preferencias individual ante las que se tomarían si la referencia fuesen su suma en el orden global y la imposibilidad de una democracia pura.

Por lo tanto, conseguir formular la ecuación de elección social no implica que el orden acordado sea el óptimo, ni satisfactorio ni, mucho menos, el adecuado. Al fin y al cabo proviene de la suma de órdenes individuales y el ser capaces de ordenar nuestras ideas y preferencias no quita de que las personas podamos ser, en conjunto como consecuencia de suma mayoritaria y si me lo permiten, auténticos imbéciles o, recuerden, simples animales racionalizadores (ver la entrada Animales racionalizadores).

Y es que seguir a la mayoría, abandonarse a un modelo neutro común o confiar en el sistema político y dejar que nos calen esos prometedores mensajes de sus dirigentes es aceptar la compañía por tradicción o imposición de un elemento ajeno y peligroso que estamos convirtiendo en auténtica y alarmante costumbre.

Supongo que la fábula que esta sociedad no recuerda es, en realidad,  la que titularon ‘El lobo y el pastor’; ya saben, aquella de:

Acompañaba un lobo a un rebaño de ovejas sin hacerles daño. Al principio el pastor lo observaba y tenía cuidado de él como enemigo. Pero como el lobo le seguía y en ningún momento intentó daño alguno, llegó a pensar el pastor que más bien tenía un guardián de aliado.

Cierto día, teniendo el pastor necesidad de ir al pueblo, dejó sus ovejas confiadamente junto al lobo. Éste, al ver llegado el momento oportuno, se lanzó sobre el rebaño y devoró todo lo que alcanzó.

Cuando regresó el pastor y vio lo sucedido no pudo más que admitir horrorizado:

– Bien merecido lo tengo, porque ¿de dónde saqué el confiar mis ovejas a un lobo?

Tengan cuidado con el lobo feroz; desconfien de él. Sobretodo, si promete mucho.

El lobo feroz

Libertad negativa y Libertad positiva

Deja un comentario

Una creencia que parece constante en nuestra sociedad es la de aceptar que para cada problema del ser humano existe una sola respuesta completamente válida, por lo que las demás han de rechazarse como erróivaneas. Esto, sin embargo, está en contraposición con la máxima de que la consecución de alguno de los ideales humanos que configuran las grandes aspiraciones de los grupos de individuos no es obstáculo para materializar las demás.

Si así fuese ,aquello de Libertad, Igualdad y Fraternidad hubiese desembocado en una bella realidad social en lugar de la tumultuosa aventura francesa en la que la injusticia social y una paradójica y terrorífica dictadura fueron precio de la libertad, la igualdad teórica se convirtió en desigualdad práctica vía coacción, espionaje e intromisión absoluta del Estado y la fraternidad una mera quimera empleada transitoriamente bajo bandera tricolor contra una causa negativa común.

Quizás el caso más ejemplificador de la historia conlleva plantearse la dualidad positivo-negativa que los ideales humanos presentan en el plano dimensional de lo mental, espiritual y social.

De este aspecto, en cuanto a Libertad se refiere, ya habló en 1958 el pensador Isaiah Berlin. Argumentaba que ésta se liga estrechamente a la coerción en cuanto que a menor autoridad ejercida sobra nuestra conducta y, por lo tanto, mayor autonomía de nuestras propias motivaciones sin interferencia de voluntades ajenas y aplicando nuestros propios criterios, más libres somos. Este concepto individualista ligado al desarrollo intelectual y de la capacidad creativa configuraría la LIBERTAD NEGATIVA. Esto es, yo soy libre negativamente hasta el punto de que disfruto de una capacidad de elección sin impedimento ni coerción.

Un enfoque más social que individual, que no busca limitar la autoridad si no ejercerla y que se apoya en la teoría de que la posibilidad que tiene cada individuo de decidir su destino está supeditado en buena medida a causas sociales ajenas a su voluntad conformaría la LIBERTAD POSITIVA. A menores diferencias entre individuos, a igualdad de oportunidades, más libertades en clave social. Conceptos como solidaridad, responsabilidad social y justicia se nutren de este concepto. Osease, yo soy positivamente libre en la medida en que consigo el autodominio, lo que sugiere un hombre dividido y contrapuesto a sí mismo.

El principal problema es la evidente alergía que amba libertades se proclaman. Si vivimos en sociedad nos encontramos aent la imposibilidad de que los propósitos y actividades de los hombres armonicen entre sí y esto hace necesario establecer una serie de normas comunes que limiten nuestra libertad trazando la difícil frontera entre el ámbito de la vida privada y el de la autoridad pública. Normas autoritarias como cerco a la libertad plena.

Es curioso como las personas hemos aceptado nuestro sino en esta materia como cláusula implícita en el contrato laboral de la vida y luego tratamos de engañarnos en el único espacio de nuestra libertad que no nos pueden quitar y que no es otro que el que se aloja en la propia mente y nos permite proyectar nuestras ideas, reflexionar y discernir en pos de pasar a la acción (o no) fruto de una decisión que, brotando de este lugar, configure un escenario de inicio realmente libre.

Basarnos por ejemplo en el determinismo y tomar como cierto que la libertad de acción está determinada por decisiones que a su vez están totalmente determinadas por causas antecedentes (pues las decisiones y experiencias previas marcan la pauta en este campo), nos obligaría a reconstruir desde la base nuestra concepción de la realidad. O en un enfoque en el que los grados de libertad estuviesen en función de la satisfacción de los deseos y necesidades en el cual podríamos aumentar la libertad de una manera efectiva tanto eliminando éstos como satisfaciéndolos, para ser libres solo deberíamos condicionarnos para olvidar los deseos originarios que decidimos no satisfacer; podríamos borrar la frustración vía eliminación de deseos y sueños que residían en nuestro yo ideal y que pretendíamos alcanzar haciendo uso de una plena (e inexistente) libertad.

Esta manera de autocomplacernos mediante la ceguera espiritual y amputacón de las partes de nuestro yo más profundo para sentirnos en un estado de colocón autonómico donde somos minimamente libres y dueños de nuestras vidas se completa con el análisis al más puro estilo econométrico que empleamos incluyendo todas las variables que forman parte de este conjunto de deseos, experiencias, factores externos, etc. que irrumpen en nuestro ideal de libertad. El principal error de regirlo todo mediante leyes causales y probabilidades será que cuanto mayor sea el número de variables a incluir que seamos capaces de discernir más abrumadora será la tarea de deducir cualquier consecuencia y peso en la ecuación de cada una de ellas. Además, cada consecuencia reafectará al conjunto del todo en el que se incluiría el resto de la incontable totalidad de las cosas y acontecimientos que nos rodeen hasta alcanzar el colapso mental. En consecuencia, cuanto más completo sea nuestro conocimiento de los hechos y de sus conexiones más difícil será concebir alternativas y más fija parecerá la estructura de nuestra sociedad y menos libres los actos que acomentamos. Queríamos controlar un puñado de variables y ahora es el conjunto de ellas el que nos domina. El incompleto inexplicable. Inquietud. Infelicidad.

Con todo esto no queda otra que añadir ‘libertad real y plena’ al saco de las utopías, aunque nos creamos dueños de, al menos, parte de ella. La SOCIEDAD LIBRE que definía Van Parijs  como aquella cuyos miembros son “todos realmente libres” y en la que existe alguna estructura de derechos bien defendida donde cada persona es propietaria de sí misma y tiene la mayor oportunidad posible para hacer cualquier cosa que pudiera querer hacer no es si no un inconcebible en el mundo actual; una idea más cercana al sistema capitalista o a modelos de gestión política que a la propia vida del ser humano. Era previsible; al fin y al cabo, somos parte de una confabulación de cosas más amplia de lo que jamás podremos entender.

Older Entries

A %d blogueros les gusta esto: